Excerpt for Antología de microrrelatos nº 1 Un Mundo Bestial by , available in its entirety at Smashwords
















Antología de microrrelatos nº 1

Un Mundo Bestial



Esta nueva serie de publicaciones que comienza con el título de “Un Mundo Bestial” surgió de una manera totalmente improvisada e inesperada. En concreto, no fue idea nuestra, sino de nuestros seguidores de Facebook.

Queríamos atraer algo más de público a nuestras lecturas de relatos publicadas en Youtube, y sugerimos a la gente a que les echara un vistazo. Fue idea de la autora Silvia Alejandra Fernández, una de las mejores autoras de la convocatoria anterior sobre Alien, que celebráramos un concurso de microrrelatos cuando llegáramos a los 50 suscriptores. Los alcanzamos mucho más rápido de lo que nos esperábamos, y en cuanto anunciamos la convocatoria, varios usuarios de Facebook expresaron sus ansias de un concurso con una temática algo más original.

Decidimos que el tema de los relatos de la convocatoria estuviera relacionado con una historia apocalíptica o postapocalíptica en la que se vieran implicados los animales, de alguna forma. El resultado son 24 relatos recibidos, todos de una altísima calidad. Elegir al ganador ha resultado aún más difícil que en las convocatorias temáticas sobre cine de las Revistas Historias Pulp. Y eso es mucho decir, aunque no lo parezca...

Esperamos que disfrutéis estos microrrelatos tanto como nosotros.

Y ahora… que comience la función.



ÍNDICE







Relato ganador de la antología

Un Mundo Bestial



SESGO DE CONFIRMACIÓN

por Josep Casanova Rosa



—Te dije que esto iba a pasar —dijo Viejo Joe mientras miraba despreocupado por la ventana.

—No dijiste nada de esto, jamás —le respondió Pequeño Tim—. Pero lo sabía.

Pequeño Tim apartó por un momento la vista del horror que sucedía en la calle y miró la figura tranquila y algo encorvada de Viejo Joe.

—¿Me estás diciendo que tú ya sabías que había un ejército de koalas creciendo bajo la superficie de nuestro planeta y que iban a aparecer de repente para devorar a la raza humana?

—Más o menos —le respondió Viejo Joe sin mirarle.

—No. Tú no tenías ni idea —le recriminó pequeño Tim—. Eso es lo que en psicología se llama sesgo de confirmación. ¿No lo sabías? Tu cerebro se autoconvence de que lo que está sucediendo ya lo había planeado en cierto modo para crear una falsa sensación de…

Pero de pronto una escena en la calle distrajo su atención. Una pareja joven corría desesperada entre koalas que saltaban desde los árboles, salían de las alcantarillas y devoraban a cuanto ser viviente se cruzara en su camino. Él la llevaba de la mano esquivando a esos simpáticos depredadores hasta que, viéndose acorralado, la arrojaba en sus garras para poder escapar, pero ni por esas. En pocos segundos ambos habían quedado reducidos a esqueletos desnudos.

—Eso sí es morir como un calzonazos —dijo Viejo Joe sin mostrar demasiada emoción.

—Y nos hicieron creer que eran herbívoros durante todos estos años… —continuó Pequeño Tim.

—Yo ya te lo dije —respondió Viejo Joe.

—Nunca me dijiste nada de esto.

—Pero lo sabía.

Pequeño Tim estuvo a punto de explicarle lo del sesgo de confirmación de nuevo pero de pronto alguien llamó a la puerta y se quedó en silencio.

—Ve a abrir —dijo Viejo Joe.

—¿Y si son koalas?

—¿Y si es la pizza?

—¿Cómo va a venir el pizzero con la que está cayendo?

—Si no vas a abrir nunca lo sabremos —sentenció Viejo Joe.

En cuanto Pequeño Tim abrió la puerta, media docena de koalas se lanzaron sobre él, tirándole al suelo y comenzando a devorarle.

—¡Eran Koalas! —Gritó Pequeño Tim.

—Te lo dije.

—¡Mis cojones dijiste! —Fueron las últimas palabras de Pequeño Tim.

—Pero lo sabía —respondió Viejo Joe agarrando el hacha y disponiéndose a salvar el mundo él solito.



Relatos participantes en la antología

Un Mundo Bestial



¡CORRE, CORRE, CORRE!

por Silvia Alejandra Fernández



El bosque no había sido la mejor elección para esconderse; las quemadas ramas caídas, le lastimaban la piel con cada paso.

Se sentía sitiado, perseguido. Ni siquiera en las noches podía descansar; en la oscuridad era cuando más lo buscaban.

Más lo peor de todo era el día; él ya odiaba profundamente al sol. Podía sentir cómo se calcinaba de a poco toda su carne y sus ojos eran ya dos ranuras purulentas.

Estaba agotado de huir, hacía ya demasiado tiempo que escapaba. Se sentó, agazapado, detrás de las raíces de un gran eucalipto caído. Pensó con tristeza que jamás debieron acercarse tanto al territorio de ellos. Debieron seguir escondidos, evitándolos.

Ellos habían asesinado a todo su grupo, él era el último. Pasó muchos meses buscando a alguien más; sólo encontró a una joven que murió por las extensas quemaduras. Vio cómo su piel se iba ampollando y no logró sobrevivir.

Se sintió adormilado por el agotamiento y cerró un momento sus ojos, debió quedarse dormido.

Oyó pasos muy cerca de él y, arrastrándose, intentó ponerse de pie; solo logró caer al piso y lastimarse aún más. Sus músculos adoloridos se negaban a obedecerle. Podía sentir los crujidos de sus articulaciones al moverse. Su largo cabello se le había adherido a la carne lastimada de su cara y cuello, haciéndolo gemir de dolor con cada movimiento.

Los pasos estaban cada vez más cerca, percibía cómo las ramas caídas se rompían al ser destrozadas por unas pisadas brutales y torpes. Los oía gruñir en el esfuerzo que hacían por alcanzarlo.

La destrucción total de la capa de ozono y una interminable tormenta solar hizo que la radiación bombardease el planeta, durante años.

Los lobos mutaron y se irguieron sobre sus patas. Su gruesa y nueva piel les protegió de los mortales rayos. Desarrollaron actitudes más evolucionadas y un lenguaje verbal que les facilitó la comunicación. Se convirtieron así en la especie dominante.

Comenzó un exterminio sistemático de los pocos seres humanos que habían sobrevivido.

—¡Corre, corre, corre! —le gritaba su mente.

Vio, a pocas cuadras, el océano Atlántico contenido por altos acantilados. Buscó refugio en una cueva y se tiró sobre la arena húmeda; la frescura del piso mojado pareció calmar un poco el ardor de su piel.

Sintió que sus últimas fuerzas lo abandonaban. Se arrastró fuera de la gruta, prefiriendo ser quemado por el sol que destrozado por aquellas bestias. Trepó dificultosamente hasta la parte más alta del risco.

—¡Yo aún decido cómo vivir y cómo morir! —gritó al aire, arrojándose al mar.



ESE MALDITO CHIRRIDO

por Silvia Alejandra Fernández



Primero llegaron algunas, aisladas. Se las veía saltar de planta en planta, mordisqueando todo a su paso.

Alejandro odiaba a todos los bichos pequeños; no le importaba que fueran inofensivos o no. Era una cuestión de piel.

— Las agarrás por acá atrás, las aplastás, las tirás a la basura y ¡voilâ! —ejemplificó sonriendo su amigo Tomás, mientras una langosta se contorsionaba entre sus dedos.

Alejandro no tenía la menor intención de agarrar a ninguna de ellas por ningún sitio. De sólo pensarlo, sentía escalofríos.

La invasión de langostas fue en aumento y, poco a poco, se adueñaron de cada rincón del planeta.

“Crish, crish, crish”, el sonido irritante de estos insectos se oía todo el día.

La gente comenzó a tapiar sus casas; toda ranura o resquicio fue sellado y aún así, las saltonas se las ingeniaban para entrar.

Se agotaron los insecticidas y mil remedios caseros fueron probados para mantener esta plaga a raya; nada dio resultado. Por cada diez que mataban aparecían cien más.

Todo el mundo se acostumbró a vivir encerrado en la habitación más pequeña y hermética de la casa.

Las cosechas se perdieron y el ganado comenzó a desaparecer por falta de comida. Comenzó así la mayor hambruna que existió.

Los primeros en morir fueron los más desvalidos, los niños y los ancianos.

Los que sobrevivieron a estos primeros días de la peste verde, emigraron hacia lugares más fríos, esperando que las bajas temperaturas evitasen que las langostas llegaran.

Alejandro, Tomás y su hermano Juan, encontraron una cabaña vacía en el cerro Bayo, en la Patagonia argentina. La nieve que cubría las laderas del monte, hacía las veces de frontera natural contra las saltonas.

Sabían que era imprescindible salir a buscar leña y a cazar algo, o pronto morirían de frío y hambre. Unos pocos venados se veían aún en las cercanías y todavía quedaban algunos tubérculos congelados debajo de la tierra.

Tomás fue el primero en ir a buscar comida. Era el único de los tres que sabía cómo apuntar con un arma a un blanco móvil. Juan lo acompañó para recoger madera y cualquier cosa comestible que encontrara.

Jamás regresaron. Fue inútil que Alejandro los buscara en los alrededores. Se habían esfumado.

Alejandro sobrevivió a duras penas ese invierno. Con la llegada de la primavera y los primeros deshielos, el cuerpo de Tomás apareció. Ale vio con espanto algunas langostas muertas, aún prendidas de los restos putrefactos de su amigo.

Ellas habían mutado para sobrevivir, ahora comían carne. Ya ni el frío las detenía.

Alejandro volvió a la cabaña y cargó la pistola que había sido de su padre. Las langostas entraron como una interminable cascada verde.

—Odio ese maldito chirrido —gritó, antes de dispararse en la cabeza.



60 METROS

por Sergio López Vidal


Gary Veline bucea con su estilizado traje de neopreno hasta el fondo de la franja que parte en dos la barrera de coral, en el límite justo para entonarse con la borrachera del hombre rana. Allí es feliz, ingrávido como una pompa de jabón. Las juguetonas gambitas Lysmatas acuden en miles al danzante ser en busca de parásitos y tejidos muertos. Una barracuda que llega a la sumergida estación de limpieza abre su voraz boca y aguanta su instinto depredador para que las Lysmatas hagan su trabajo. El cosquilleo que le producen las delicadas patitas y bigotes de los afanosos crustáceos aumenta la sensación orbital de Veline. El constante repiqueteo de los peces loro mordisqueando el coral compone la banda sonora de la película de la que Gary se siente nominado al mejor papel protagonista. En el agujero negro del pasadizo rocoso, las escamas de un gran pez reflejan con fuerza la atenuada luz que llega de la superficie. Y el buceador embaucado en un placentero letargo se ve atraído hacia el acróbata pez, que parece desplazarse a una velocidad increíble, desplegando una pelirroja melena que oscila con la corriente submarina. Gary Veline reconoce la silueta de una sirena que se mece seductora sobre los pólipos del coral. Agita su guante de neopreno intentando llamar la atención de la ninfa acuática, quien no parece percatarse del extraño animal que porta dos gibas amarillas y que avanza hacia ella burbujeante.

Ya ni recuerda la última vez que se levantó, su morbidez de cachalote se expande más allá del metro noventa de la pestilente cama que se ha convertido en su único océano. Las estrías de los pliegues de su mantecoso cuerpo han acabado de escamarse como la piel de un reptil. Las infestas ratas recorren la habitación por debajo del mohoso papel pintado con un terrorífico rumor que no avecina nada bueno. Gary siente en su soledad humana que está acompañado íntimamente por cientos de cucarachas que buscan alimento de entre los recovecos de su pútrido cuerpo. El otrora robusto mastín de Dudo enseña rabioso sus caninos temeroso de perder el único alimento que le queda, su dueño, a manos de roedores e insectos. Postrado en la cama desde aquel fatídico día cuando la narcosis de nitrógeno le causó graves daños cerebrales durante una de sus inmersiones, sueña con las burbujas de un pulmón artificial. Nadie se explicó nunca cómo apareció en la escollera del puerto en estado de coma. Gary ve a través de la ventana a su vecina pelirroja que tiende la ropa, y grita desesperadamente que lo salve de su infierno, como aquella sirena, para no ser devorado por la fauna cadavérica en su arrecife mortal, en el que encalló hace quince años.




ABSUELTOS

por Ángela Eastwood



Hasta que cantó el pájaro los días y las noches habían sido iguales. Y lo hizo alegre. Comenzó con una suerte de gorjeo afónico. Aclaró la garganta y lo intentó de nuevo. Salió más brillante y más continuo. Fortalecido y animado voló hasta una higuera y allí, orientando el pico hasta ese sol que nacía de nuevo, entonó una melodía fuerte y colosal.

Del árbol adormecido brotaron higos y flores y esas mismas flores brotaron en los demás y vinieron más pájaros y su canto consensuado alborotó las aguas del mar. Con la vibración del mar las ballenas despegáronse aturdidas del fondo abisal y subieron a la superficie, oteando la lejanía. No vieron ya arpones, ni gritos, ni garras, ni ojos dilatados de codicia. Y no viendo lo antes mencionado una se lo dijo a la otra y la otra a la de más allá y el mensaje llegó a los mares más lejanos, allá donde el mundo acaba.

Con el canto de los gigantes marinos se despertaron los borregos en la tierra, que yacían en silencio con el último bocado aún en la boca sin masticar. Pasó lo que pasó y no dio tiempo. Abrieron los ojos aletargados y oyeron distintos cantos enmarcados en un silencio nunca oído. Ya de pie vieron que no había pastor, ni senderos, ni garrote, ni pautas, ni sentencias y se regocijaron absueltos. Balaron libres y esta suerte de himno lo oyeron los caballos, sumidos en un estado de piedra. La piedra de los caballos se quebró seca y cayó cuarteada dejando a la vista los lomos marrones, lomos negros y lustrosos, blancos y espejeantes. Relincharon al unísono viendo que tenían para ellos las llanuras verdes con el mar de fondo. Un mar cobalto con barcos fantasmas. Nadie al timón. Nadie en los faros. Nadie esperando en la orilla.

En otro lugar, en otros lugares, en todos los lugares las televisiones hablaban sin un público que echarse a la boca. Los discursos rebotaban contra las paredes del silencio. Las sillas vacías. Los lechos deshechos. Los coches atravesados. Las tazas de las cafeterías sin lavar. La propina sin recoger.

Fue un caballo alazán el primero en galopar por la avenida ancha. Rojo, amarillo, verde. Siempre verde ya. Al sonido de sus cascos llegaron otros. Ese fue el primer día de todos en los que solo se escuchó, al amanecer, el canto de un jilguero.



ALZANDO EL VUELO

por Joaquín Rodríguez Hurtado



El Director de la Sociedad Geográfica miró a los miembros de la Junta Rectora compuesta por los más prestigiosos científicos, historiadores y sociólogos. Sonrió y alzó la voz:

—Seré breve —dijo—. Nuestra primavera ha llegado.

Sus palabras despertaron un conato de murmullo que rápidamente acalló.

—Me explico—continuó—. Hay ocasiones en que un proceso, larvado durante años, culmina y la crisálida se rompe lanzando al mundo la fea polilla o la hermosa mariposa. Ese día ha llegado hoy. No sabemos la causa pero hay algo que nos hace presentir que ocurrirá esta misma tarde, mientras estamos reunidos. Os conozco a todos y todos creéis saber de mí. Pero quiero explicar a vuestros cerebros de primates una verdad que os ha sido solo parcialmente desvelada. La evolución no es lineal. Algunos de los que habitamos este mundo somos tan viejos como los continentes actuales, quizá más. Sí, se cómo suena eso, no había humanos en esa época. Dos palabras: convergencia y mimetismo. Las solemos asociar con insectos, el ojo del pulpo, y nichos ecológicos. Imaginad una raza nueva y joven, con empuje y mente inquieta, capaz “en el último minuto” de llegar, si no a las estrellas, al menos sí a los planetas. Esa raza, la humana, hija del linaje de los mamíferos, es la vuestra.
Contemplad ahora otra raza, del linaje de los insectos, de evolución perezosa y diferente, que permanece larvada durante eones, viendo a los demás adelantarles. Esa —dijo alzando la voz—, esa es la mía y la de muchos más.

>>¡Siéntense, por favor, aún no he acabado! Éramos niños cuando los dinosaurios se extinguieron. Cambiamos cuando os conocimos, nos adaptamos a vosotros. Aún no era nuestra hora. Como individuos podemos morir. Como linaje y conciencia permanecemos. Con recursos y siglos hemos ocultado nuestras huellas. Vuestros museos están llenos de cajas cerradas y evidencias ignoradas. Evolucionamos con vosotros mimetizándonos, pero hoy ha llegado la hora de alzar el vuelo. Romper nuestra crisálida, cambiar. Sentimos que ya toca. No sé cómo será nuestro futuro, si podremos convivir o no, no lo sé, no me importa. Hemos aprendido lo indecible de vosotros, pero ya nada será igual.

Los presentes, paralizados, aterrados, sin saber reaccionar, contemplaron horrorizados cómo el rostro del director se desprendía mostrando una imagen de la peor de las pesadillas. Una nueva especie iba a tomar el control. La hora de los mamíferos tocaba a su fin.



EL ÚLTIMO DÍA, LA ÚLTIMA BATALLA

Joaquín Rodríguez Hurtado


Abro los ojos. El ruido ha cesado… y lo veo: todos están muertos, mi padre, mi madre, mis hermanos. El zorro me mira, debo ser un gallo extraño, agazapado tras el cajón de madera, ¿pareceré un cobarde? ¿Me habrá visto? Sabía que podía ocurrir. Es una vieja leyenda que se contaba en el gallinero. Un día, cuando hayas comido bien, cuando todo repose, llegará el zorro. El zorro destruye todo, mata por placer, no hay motivos ni hay razón. Es el exterminador. La leyenda cambia según quién la cuente. Las versiones varían.

Unos hablaban del amo y un cuchillo, hablaban de una muerte lenta desangrándote. Nunca lo creí, el amo es bueno… quien te ama no puede dañarte. Otros hablan de un lugar gris y maloliente y una descarga eléctrica, como un pequeño rayo que te anula sin dolor. Una muerte que no es muerte y te llega sin luchar.

Pero ahora sé la verdad, el zorro ha venido. El exterminador. Lo demás eran patrañas. Así es el final. No sé si habrá algo más allá de este mundo. No era malo, había comida, había agua, había luchas y una razón para vivir, pero todo tiene principio y fin, y este ha llegado.

El mundo termina. Tengo miedo. Creo que me ha oído, viene por mí, sus colmillos, sus garras… pero, de alguna manera, me alegro de que este sea el verdadero final. Me consuela saber que el último día del mundo me va a a encontrar con la cresta alta, el pico aguzado y ganas de dar batalla.





ANHEDONIA EN LA CIMA

por Holguer Beltrán



Con el tiempo los humanos llegaron a tal nivel de avance que no hallaron nada más que hacer.

Su desarrollo había llegado casi a niveles divinos, de tal manera que cada individuo podía hacer cuanto desease casi sin esfuerzo. Esto derivó en una intensa apatía que se trataba de resolver con un estilo de vida hedónico en un esfuerzo desesperado por volver a sentir el deseo de vivir.

De nada sirvió la experiencia acumulada, ni el conocimiento, ni la historia. Los humanos continuaron errando sin encontrar mayor propósito que satisfacer sus necesidades naturales.

Conforme la depravación fue desarrollándose, una enfermedad extraña se desarrolló en la población e infectaba ineludiblemente de una anhedonia crónica, conocida entre los investigadores como “La última depresión”

A pesar de que esta enfermedad no afectaba a toda la población, tuvo una variante que causó estragos entre los investigadores, quienes al verse superados a pesar de toda la tecnología disponible, entraban en un estado conocido como “desesperación final”

La epidemia parecía imparable y como solución parcial se desarrolló una criatura híbrida entre lo natural y lo digital, para solucionar los síntomas de la “depresión y la desesperación”

Como medida temporal, estas criaturas comenzaron a frenar el avance de la epidemia, llevándola casi hasta la desaparición y la sociedad comenzó a remontar. Sin embargo, como toda obra humana, esta criatura comenzó a fallar.

Con un aspecto indefinido, su cuerpo apenas material se conformaba de acuerdo a las necesidades de su anfitrión. Las emociones de este les alimentaban y les permitía desarrollarse, y solo ante la máquina que fue capaz de crearlos era posible ver su aspecto, como el de un animal negro con tentáculos que se aferraba a la nuca de su portador.

La depresión y la desesperación resultó imposible de erradicar y las criaturas de sombras no podían lidiar con tanto, cambiando su comportamiento para potenciar la enfermedad y consumir con voracidad los sentimientos negativos de su humano portador.

Bastaron pocos días para que el daño se extendiera. Los humanos en etapas terminales de la enfermedad simplemente caían al suelo y no se movían, pues sus cuerpos seguían siendo perfectos por las modificaciones genéticas acumuladas.

Las criaturas de las sombras sobrealimentadas fueron capaces de despegarse de sus anfitriones y comenzaron a devorar los cadáveres ignorando a los apáticos humanos que agonizaban de hambre sin mostrar emoción alguna.

Cada humano devorado permitía a las criaturas de las sombras desarrollarse hasta la madurez. Los últimos investigadores llamaron a estos “Exequias” que, al comprender su misión fallida, devoraban a los humanos aún vivos en un acto de autosacrificio, combinándose en una estructura negra y ramificada en forma de árbol que crecía sobre la ciudad, cubriéndola y llevándola hasta el olvido.



APOCALIPSIS LIBERADO

por Patricia López Pereira



Todo terminó, el mundo se vio al fin liberado por el asedio que el Hombre ha perpetrado durante siglos a todas las criaturas de la malherida y desgastada Tierra. "El Apocalipsis Bestial" o "de las Bestias", nombre dado por el ejecutor de un sin fin de perversiones realizadas tanto a sus semejantes como al resto de seres vivos, nombre dado, en verdad, a los liberadores del Reino Natural, los salvadores del Planeta, mutaciones porcinas y ganaderas que se volvieron salvajes, surgidas de intensas torturas, falta de higiene e infinidad de agresiones en los mataderos e industria de la alimentación humana, convirtiéndose en monstruosidades deformes, capaces de razonar y de recordar.

Llenos de dolor por el sufrimiento padecido, comenzaron a matar a la gente y a comérsela. El armamento del que tan orgullosos se sentían los evolucionados homínidos, no conseguía parar a las Bestias furiosas. Los ataques nucleares, a pesar de que en un principio consiguieron reducir su número, les otorgó mas fuerza y, en algunos casos, hizo que la mutación se agravara haciéndolos radioactivos y más grandes .

Las perversas mutaciones contagiaban a otros seres, seleccionándolos, formando nuevas manadas, destruyendo pueblos, aldeas, ciudades enteras, masacrándolas con violencia, la misma violencia o más que la que ejercieron los insaciables humanos, que irónicamente ven a estas criaturas como monstruos devoradores de hombres. Increíblemente, los mutantes ignoraban al resto de animales, de hecho, parecía que los liberaban de sus prisiones, ya fueran laboratorios, fábricas, granjas, tiendas, zoológicos, circos, incluso de los propios hogares de la gente. Los supervivientes tuvieron que adaptarse al nuevo mundo, abandonados por sus gobernantes, los cuales se refugiaron en sus búnkeres y sus submarinos, sin éxito alguno, pues las Bestias contagiaron seres marinos y de la tierra profunda, haciendo que ningún ser humano estuviera a salvo.

Todo terminó, el sufrimiento, la perversión, la codicia, la lucha por el poder. Todo terminó, el fin de la Raza Humana, el comienzo de un mundo libre, un mundo bestial.



COMIENDO LAMPREA

por Rolando Enrique Rosales Murga



La lamprea es quizá el pez más antiguo del planeta. Su carencia de ojos nos indica que ha habitado los mares desde tiempos primigenios, antes que existieran los mamíferos. La lamprea no es nada bella. Su cuerpo es largo, terminando en una ventosa, que difícilmente se le podría llamar boca a ese orificio sin quijada, pero lleno de dientes, que se adhieren a la víctima para chuparle la sangre. Las lampreas son los vampiros de los mares.

Antes solíamos comer lamprea, que es fácil de cocinar y deliciosa al paladar. Con el tiempo muchas personas enfermaron, casos relacionados con la ingesta de lamprea. Al principio la gente creyó que eran gusanos los que emergían de la piel de las víctimas, luego se dieron cuenta que eran lampreas bebé las que se alimentaban desde dentro de su huésped. Las víctimas fueron puestas en cuarentena, muchas personas fueron atacadas por lampreas en el mar y murieron desangradas.

La población de lampreas en el mar había crecido. Lo que más perturbó a los científicos fue descubrir lampreas con patas, garras y hasta ojos en los jardines de las casas. El mundo ahora era un caos, pues las lampreas de tierra, un poco más pequeñas que sus primas marinas, infectaban a los animales domésticos. Al día de hoy una epidemia se cierne sobre el mundo y no sabemos si viviremos un día más.

Hemos abandonado el mar. Hemos dejado de comer animales marinos, nos hemos aislado y privado de las mascotas. Aún así no sabemos cuánto tiempo seguiremos sanos, pues la enfermedades que transmiten evolucionan tan rápido como ellas y la cura se ve lejana.



DELENDA EST...

por Rubén Mesías Cornejo



Era senador, o mejor dicho era la cabeza visible de aquel órgano de gobierno, y como ocurría siempre su imagen estaba siendo transmitida, en horario nocturno, a través de la televisión a todos los hogares de los habitantes de aquel planeta, que se caracterizaban por ser de gran estatura y ostentar un cráneo protuberante y de escasa pilosidad por encima en los hombres gracias a una particular mutación que había originado esa variación de la raza humana sobre el suelo de ese mundo colonizado hacía eones.

El senador era un hombre anciano y tan cabezón como sus telespectadores, pero no solo eso, también era considerado más sabio por todos ellos, no en vano se había echado encima la tarea de inculcarles una constante aversión hacia esos odiosos microcéfalos, que habían invadido este mundo de un modo tan sutil que nadie se había dado cuenta de su presencia hasta que ésta fue evidente. Es más, había quienes suponían que siempre habían estado aquí como parte de la fauna de este planeta, como las cucarachas y los ratones allá en la Vieja Tierra.

Del mismo modo que lo hicieron esas criaturas, estos hombres diminutos solían vivir siempre en la sombra, en cualquier agujero de las casas donde moraban los especímenes gigantes que eran considerados por sus ideólogos como los adalides de la civilización aquí. Sin embargo, pesar de su pequeñez constituían a juicio del senador una grave amenaza para la salud tanto moral como intelectual de aquel mundo de gigantes.

Como era de esperar, los microcéfalos reaccionaron a la persecución bien de manera pasiva, escapando del acoso cuando podían, bien invocando la protección del poderoso dios subterráneo al que adoraban desde siempre.

En el discurso del senador, los microcéfalos eran la causa de todos los vicios que corroían a esa sociedad que se enorgullecía de todos sus logros al grado de considerarlos insuperables, por esa razón el senador consideraba su deber machacar una y otra vez a sus semejantes con la sempiterna muletilla de que era necesario exterminarlos donde quiera que se les encontrase, como si se tratase de una molesta plaga que debía ser eliminada.

—Estos seres son intrínsecamente perversos, y su naturaleza está inclinada hacia la indiscreción y la concupiscencia, Son maledicentes e inmorales, y con sus actos incitan a la práctica desaforada del sexo, la cual como ustedes saben trae consigo una fuerte disminución de las facultades intelectuales de nuestro pueblo. Por eso les digo ¡no importa dónde lo hagan! ¡Aplástenlos como cucarachas, envenénenlos como ratones!

Así vociferaba este hombre desde aquel estudio de televisión confiado en la relativa inmunidad del lugar. Nunca había pasado nada grave ahí desde que había empezado su campaña de odio contra los microcéfalos y no era cuestión de ponerse a pensar que algo fuera de lugar sucediese ahora mismo.

Y en efecto sucedió que algo más grande que el mismo, algo con un solo ojo y apariencia de reptil, apareció de la nada haciéndolo temblar todo bajo el imperio de su gran peso. Ante su presencia todos abandonaron el lugar espantados por su brutalidad, todos menos el senador, que pretendió enfrentar a la criatura apelando a la espada de luz que llevaba colgada del cinto, pero ni siquiera consiguió desenvainarla, y terminó convertido en el alimento de aquella criatura, tan monstruosa como ávida de carne.

Aquella madrugada los microcéfalos agradecieron a su dios el haber escuchado sus plegarias.



EL BUCLE DE LA VIDA

por Klara


Después de la explosión el mundo se sumió en una terrible oscuridad. Algo había salido mal, todos los ensayos programados no fueron lo suficientemente precisos como para prever el desastre que se organizó.

El polvo cubrió el planeta, y la atmósfera se tiñó de negro. El aire, irrespirable para los humanos, acabó con los pocos que no murieron tras el impacto del misil. La onda expansiva fue tan amplia que llegó hasta el más remoto lugar, calcinando plantas y contaminando toda fuente de agua.

Algunos de los agraciados humanos que poseían un bunker en sus hogares hicieron uso de él, pero finalmente perecieron por la falta de alimentos y de oxígeno.

Pronto el planeta fue un mundo desolado. Entonces empezaron a salir. Un extraño jolgorio recorrió el insufrible aire abrasador.

Miles de grillos y de cucarachas despertaron de su letargo repoblando el mundo. Siempre habían dicho que serían las cucarachas las que podrían sobrevivir a un holocausto nuclear, y ahí estaban: campando a sus anchas por un lugar que ahora les pertenecía por completo.

También había otra teoría que nuevamente tendría que ser estudiada, si es que alguna vez la inteligencia de los diminutos y oscuros bichos era capaz de poder hacer estudios sobre si primero fue la gallina o el huevo; o simplemente si la gallina murió, ¿por qué no ocurrió lo mismo con los huevos?

Un ligero crujido en el blanco huevo, ahora oscuro, degenerado y sucio, como si se hubiera oxidado, presagió lo que estaba por venir. Una grieta más y un pequeño piquito asomó al terrible mundo de patas negras que corrían por doquier.

¿Cuánto tardó en abrir los ojos? Nunca se supo. Nunca se supo cuánto tardó en salir totalmente del cascarón. Solo que las cucarachas que se acercaron hasta allí fueron su primer banquete; el hambriento polluelo comió una tras otra. También todo grillo que se acercaba hasta él. A su lado otro crujido, otro pico, otras alas desplumadas que se abrieron para saludar al día. Los cantos de los grillos se callan según son engullidos por el ave. Los dos pollitos se empiezan a ver rodeados de hermanos que comen con calma. El alimento no les falta.

Según pasan los días enormes patas se pasean por la tierra. Algún que otro día, se escucha un grito de guerra: es el canto de los gallos sobre los árboles secos. Los grillos callan y las cucarachas huyen a esconderse en agujeros.



EL CHILLIDO DEFINITIVO

por Juan pablo Goñi Capurro



Albert asumió que no soportaría otra noche escuchando la tos de Sally; Kate protestó, repitiendo que era sólo una alergia primaveral, que no valía la pena arriesgarse para llegar al puerto por medicamentos. Pobres argumentos para un padre angustiado; la última paloma mensajera llegó sin novedades, suponía que las bigrats mantenían su tamaño. Aprovecharía el viaje; llevaría el cajón con palomas hasta el servicio del puerto.

Cargó las dos escopetas; el río había mantenido las bigrats alejadas de la casa, pero prefería no confiarse. Kate recibió una; su semblante bastó para expresar el enojo que le provocaba la excursión de su hombre. Sally se despidió tosiendo hasta ahogarse. Albert ajustó la mochila, colgó la escopeta de un hombro y alzó con ambas manos el cajón.

Superó la muralla de la finca a paso vivo, iría seguro hasta el río. Pasó entre los surcos de los sembrados, atento al sol que le marcaba el paso del tiempo, hacía meses que se había agotado la pila del último reloj. Pronto llegó a los matorrales que anunciaban la lengua marrón que discurría con pereza por el llano. Los brazos dolían pero postergó el descanso hasta el cruce del río; utilizaba el cajón para apartar pajas de dos metros de altura. Le faltaban pocos metros cuando oyó el inconfundible murmullo agudo.

Escuchó chapotear, como niños jugando; imposible, ningún niño se arriesgaría. Descargó el cajón, tomó la escopeta. Agachado, desvió los últimos pastizales. Un nutrido grupo de bigrats se desplazaba en el agua. Perdió la cuenta al llegar a veinte. Habían crecido; andaban erguidas sobre las patas traseras, usaban las delanteras para arrojarse agua. El baño no les quitaba el hedor infecto; notó cuellos que separaban las cabezas de los troncos. Lágrimas impotentes transitaron sus pómulos curtidos.

Debía regresar sin que descubrieran su presencia; dado el tamaño que habían alcanzado, era presumible que los frigoríficos abandonados estuvieran agotados. Retrocedió con sigilo. Un chillido diferente lo detuvo cuando alzaba el cajón, provocando el aleteo de las palomas. El chillido se repitió, imitado. Los golpes en el agua aumentaron, más cercanos. Albert dejó el cajón y corrió, rezando; ojalá se conformaran con las palomas. Estaba a un centenar de metros cuando escuchó movimientos en el matorral y nuevos alaridos de las bestias. Pocas esperanzas tenía en sus rezos; lo peor no era el tamaño ni la cantidad de bigrats, lo peor era que había entendido el chillido, había escuchado claro que decía “ahí, ahí”.



EL METRO

por Rolando Avila



Hoy no debí ir al trabajo. El metro huele a hierro, sudor y toallas femeninas. Llevo apenas seis estaciones y ya estoy desesperado, esta maldita claustrofobia me hace revisar por centésima vez el pequeño mapa que marca la ruta y por centésima vez me doy cuenta que me faltan 15 estaciones para llegar a mi destino.

Odio estos trenes, odio estar en contacto con tantas personas, todos callados con sus caras serias y cansadas, pienso en los judíos de Auschwitz. Aunque odio más cuando de pronto aborda algún grupito de adolescentes risueños que lanzan carcajadas estruendosas. Idiotas; ríen porque creen tener todo el futuro por delante. Si supieran los imbéciles lo odiarían todo. Claro, después de pasar diez horas en un trabajo de mierda para ganar un sueldo de mierda es más fácil odiarlo todo.

La mujer que va sentada justo frente a mí se levanta para bajar, me golpea con su bolsa y no tiene la mínima intención de disculparse. Veo el lugar vacío y solo una obesa mujer me separa de él, lo pienso medio segundo y al otro ya le estoy pidiendo permiso de pasar, estoy tan cansado que no me importan las miradas juzgándome por no ceder el asiento a alguna anciana apretada entre la multitud. No esta vez, solo cierro los ojos y recargo la frente en el cristal, hace tanto calor. El metro se detiene a medio túnel. Típico, las luces se apagan, yo solo cierro los ojos, demasiada gente, unos sobre otros, todos callados, tan cansado y tanto calor.

Abro los ojos, me quedé dormido. ¿Cuánto tiempo? De pronto hay mucho espacio a mi lado. ¿Dónde quedó la gorda? ¿Dónde están los otros pasajeros? ¿Dormí toda la noche y está amaneciendo? Las puertas de los vagones están abiertas y no hay absolutamente nadie en la estación, por cierto, la mía. Algo pasa corriendo tras de mí, pero cuando volteo no hay nada, entonces la veo, es la gorda que hace un momento me acompañaba, viene caminando muy lento, se ve enferma, me acerco y ella extiende su mano intentando tocarme, al hacerlo noto que le faltan tres dedos, eso hace que dé un brinco hacia atrás y descubro que toda su espalda está siendo roída por ratas. Unas ratas enormes grises y peludas que se la están comiendo viva.

Yo comienzo a gritar asqueado y aterrorizado cuando una de las asquerosas bestias se sube a mi pierna y la empieza a follar mientras me muerde la rodilla, esta vez grito de dolor, mientras la pateo, miles de ratas salen de todos lados y caminan hacia mí. Sabía que hoy no debí ir al trabajo.



EL MIASMA OSCURO

por Luis Bravo



Recuerdo cuando sólo eran noticias, catástrofes naturales e inundaciones, nada extraordinario. Ya saben, la vida en las capitales es rápida y sosa, tiende a helarte el corazón. Un día, yendo a la oficina, compré un periódico que tenía por primera plana:



«INCIDENTE DESAPARECE A PORTSHORE»



Al llegar a mi cubículo tomé un trago de café y me recosté a leer, casi al instante lo boté a la basura. ¿Incidente sin resolver? ¿La comunicación se ha perdido? ¿Los bosques se han vuelto pantanos? Me sonaba a que estaban vendiéndome humo… ¡cuán equivocado estaba!

Sólo bastó un día.

Aparecieron videos de un enjambre oscuro devorándose vivo a un granjero que huía de ellos. Después, un rebaño de ovejas siendo reducido a excrementos en segundos. Todo lo que tocaba ese miasma se volvía putrefacción, un hambre voraz que no distinguía lo vivo de lo muerto. Yo sabía que el mundo, gracias a nosotros, se había vuelto un pantano lleno de heces en el que éramos los parásitos soberanos, arremolinándonos cegados por una montaña de dinero bañada en sangre. Ahora, en realidad, el mundo estaba siendo reducido a eso.

Salí corriendo del trabajo al escuchar la sirena de la ciudad. Ya abajo, lo vi con mis propios ojos: cientos de hocicos filosos concentrados en una marea negruzca, una masa sin forma pero con un objetivo en común: destruirlo todo. Los ojos rojizos brillaban ante la luz del día mientras las alcantarillas regurgitaban partes de su denso ser. La autopista se volvió un río negro. Unos corrían, otros gritaban, algunos disparaban, pero todos acababan igual; siendo excremento. Saqué el celular de mi bolsillo, las líneas celulares habían caído, todo estaba cayendo, todo. Mis rápidos pasos me llevaron al estacionamiento, a cuadras del trabajo, sin embargo me detuve al ver cómo un charco oscuro devoraba viva a una mujer. Sus gritos mientras le arrancaban la carne a mordiscos son algo que hasta ahora me caza en sueños. Di media vuelta e hice lo que debía, golpeé a un muchacho, ¡él tan sólo tenía dieciséis! ¿¡Qué sabía de la vida!? En cambio yo podía hacer algo, ¡yo era mucho más valioso! Subí a su moto y arranqué. No regresé la mirada al escucharlo aullar siendo despedazado en vida.

Poco tiempo después llegué al rascacielos desde el que escribo esto. No sé cuánto más aguantaré hasta morir de hambre. Lo único que sé, es que, si las inundaciones les quitaron su hogar, ahora ellas reclamaron el mundo, gobernándolo con la misma frialdad que los humanos.

El miasma oscuro. Las ratas. Agentes destructivos de la naturaleza por excelencia.



EL NIDO DEL CAOS

por Dan Aragonz





Nadie se tomó en serio el problema de las altas temperaturas del océano ártico, hasta que el desastre ocurrió y ya nadie pudo hacer nada al respecto. Ningún hombre en todo el planeta. La mayoría, solo alcanzó a inclinar su cabeza para mirar el cielo con ojos sedientos de esperanza, a la espera que aquella colosal sombra que bañó la superficie terrestre de oscuridad por un instante, solo fuera una horrible pesadilla.

Pero por desgracia, no se trataba de un sueño y era el precio que debían pagar por no escuchar a la naturaleza que advirtió durante milenios, sin que hicieran caso. Se hablaba de aquel fenómeno en páginas de internet, donde se dedican a estudiar ese tipo de sucesos extraños, que a la mayoría no le interesaba o lo veían como simples cuentos inverosímiles que se inventan las personas faltas de cordura. Todo el planeta sintió en carne propia que aquel meteorito, caído hace milenios, podía ser el causante de las atrocidades con que todos se levantaron aterrados ese lunes por la mañana.

Muchos vieron cómo sus planes futuros, que en algún momento se volverían realidad, se evaporaron de sus cabezas para ocupar ese espacio con el miedo más poderoso que la raza humana experimentó hasta ese minuto de su existencia; la etapa de gestación de lo que se escondía dentro de aquel meteorito llegó a su fin y los océanos en poco tiempo alcanzaron temperaturas que superaban los cien grados, lo que hizo que las criaturas de las profundidades salieran despavoridas, intentando escapar para no terminar hervidos.

Calamares del tamaño de un edificio se posaron a lo largo de los muelles, mientras el vapor que emanaban sus cuerpos rostizados no se calmaba y dejaba a sus figuras amorfas varadas sin vida. Criaturas marinas, jamás antes vistas, volvieron locos a los espectadores de los barcos marinos, que no sabían qué demonios sucedía. Una cadena de televisión que avisó meses atrás que el enorme meteorito en las profundidades había comenzado a aumentar su temperatura, insistiendo en que los propios pescadores, en los sitios donde se había notado más el aumento, habían decidido abandonar sus labores por el extraño comportamiento que tenían las aguas, no fue tomada en cuenta.

Fue solo cuestión de tiempo que el planeta entrara en una histeria colectiva. No hubo ningún lugar donde esconderse, cuando aquella dantesca aberración salió aleteando desde las profundidades del océano ártico. Lo único que alcanzaron a ver, quienes no habían muerto ahogados en la locura, fueron las bestiales alas de piedra que ayudaron a la criatura a salir de la atmósfera de la Tierra. El tiempo profundo retomaba su función en la evolución de la roca suspendida en el espacio que conocíamos como planeta, y sobre la luna, la bestia se posó y envolvió con sus enormes alas el satélite como si fuera un huevo que debía cuidar por el resto de la eternidad.



ÉPICA DE TIEMPO FUTURO

por Antonio Mora Vélez


Como en la era de los relámpagos los bridontes arrasaban con los árboles móviles y con las lianas asesinas de la selva.

No poseían el fuego de los arquetixes del Imperio que llegaron cabalgando corceles de acerilio y por un milenio se apoderaron de la vida y del sueño; pero tenían las embestidas de sus frentes duras y el enorme peso de sus caparazones.

Sabían que en la monumental piedra del vidente estaban condenados a ser la especie
que se perdería en la zona oscura del futuro.

Por eso atacaban a la horda de los corredores que les disputaban el círculo del agua y del pan, y lo hacían para, inútilmente, tratar de ganarle tiempo a la historia implacable y a sus críos.

Pero los valientes y animosos bípedos de antenas pequeñas, sabían dónde sembraban los insectos feroces sus huevos proteicos, y los hurtaban y corrían con sus patas más veloces que el viento y eran capaces de alumbrar la noche con el destello de sus ojos de cristal tallado y de guarecerse debajo del silicio para conservar su nicho.

Cuentan los mensajeros del recuerdo que el tiempo fue sangre derramada, naturaleza demolida y muchas esperanzas fallidas durante siglos. Pero que al final —con sus voces que viajaban por las ramas nerviosas de los árboles, y sus prolongaciones del tórax, antes inútiles, convertidas en herramientas múltiples— le ganaron el combate a los bridontes, y poco a poco se fueron apoderando del terreno, del agua y de las canteras de pulpa, mientras sus enemigos terminaron por abonar la tierra con sus cuerpos y llenar las cavernas del subsuelo con la materia verde, viscosa y luminosa de su deterioro.

Lo dijo el arúspice del Imperio que los observaba desde las afueras del tiempo. Y agregó: “Así ha ocurrido siempre, innumerables veces, por el impulso de Ananké, con desenlaces sorprendentes, en miles de miles de mundos azulosos.”



EVOLUCIÓN ALADA

por Sarko Medina

Enero del 2030, Ciudad de Lima

“No nos dimos cuenta hasta que fue tarde. Debimos percatarnos cuando las ratas brillaron por su ausencia. También cuando en los parques ya no levantaban vuelo, sino que, plácidamente, esperaban el alimento de manos ancianas y de niños alegres.

Hoy sufrimos la invasión de las palomas en nuestros hogares, en nuestras cocinas. Tratamos de matarlas de todas las formas posibles, pero la mutación o evolución ha hecho que lleven sus huevos dentro de ellas y los empollen allí, naciendo de cinco hasta diez polluelos pequeños, pero completos y listos para desgarrar, nadar, correr, trepar y, de ser necesario, hasta volar.

Hay que cuidar a los bebés en sus cunas, a los niños en el jardín y ni hablar de comer en la calle, porque de los techos caen en picada para arrebatarnos el alimento. En los campos se han multiplicado masivamente y ningún veneno funciona, pues han generado un sistema inmunológico eficaz. Lo que no hizo la contaminación lo lograron ellas y ahora andamos por las calles con máscaras filtradoras y usamos guantes todo el tiempo. No sabemos cómo controlarlas y creo que la batalla final será contra ellas, pero nadie me hará caso, me tratan como un científico loco y están a puertas de un conflicto mundial, llevados por la locura inexplicable de nuestros líderes.”



Enero del 2060, Ciudad de Quito



“Pasó la época del hombre y quedamos como únicas especies inteligentes en el planeta, luego que se asentará el Polvo Negro. Los humanos, acometidos por un virus que desperdigamos por todo el orbe, se atacaron entre ellos sin misericordia. Sobrevivimos una vez pasados los tiempos de guerra, gracias a nuestra habilidad para aprender de ellos sus costumbres y maldades, sus fortalezas, sus debilidades, para así, sin que entendieran al final quién era el verdadero enemigo, poder aprovecharlos como recipientes protectores. Nunca supieron que en nuestras alas llevamos el virus paralizante y mortal que ellos mismos crearon y que nosotros descubrimos… y que robamos, sacrificando a nuestras mejores guerreras. Luego las explosiones y la negrura por una semana.

De los sobrevivientes y moribundos aprovechamos sus cuerpos calientes para entrar dentro de ellos y sobrevivir los días siguientes hasta que el cielo se despejó y el último de su especie murió. No vieron el surgir de nuestro dominio, no podían preverlo y menos desconfiar de nosotras, las llamadas “palomas”, amas absolutas, ahora, de este planeta.”

LA BESTIA DE MEDIANOCHE

Alberto Álvarez

Durante las noches se transformaba: rompía todo, maldecía al aire y agredía a sus seres queridos. Él no sabía el porqué de su actuar, sólo sabía que debía de hacerlo, pues así era el instinto de la bestia: una bocanada de aire caliente. Una noche, en plena transformación, el hombre decidió recluirse en el baño y gracias a eso pudo evitar tragedias; sin embargo, la familia de aquel hombre no siempre corrió con suerte; ya que algunas veces la bestia era más astuta que el hombre y no dejaba encerrarse; cuando esto sucedía la bestia lastimaba a la familia del hombre, en especial a su esposa.

No siempre la golpeaba, algunas veces sólo le bastaba con asustarla. Todo llegó a su fin cuando ella decidió tomar a sus hijos y abandonar aquel lugar de perdición. Ahora hombre y bestia lloran y se consuelan. Pero siempre terminan arrinconados, lamiéndose las heridas y aullando a la luna redonda, en busca de consuelo y cariño, pero ya es demasiado tarde: las botellas se han terminado y la bestia quiere gruñir.



LA FIESTA DEL FIN DEL MUNDO

por Poldark Mego



Fue el telescopio más potente de la humanidad el que lo detectó. Era una masa orgánica de proporciones colosales, más grande que la luna. Vagaba por la inmensidad del universo sin propósito aparente hasta que lo vieron aferrándose a mundos (que posiblemente albergaban vida) y los consumía hasta dejarlos yertos. El saber que la humanidad no estaba sola en el universo fue una terrible noticia, solo opacada por la trayectoria del descomunal, trayectoria que los científicos calcularon chocaría con el planeta Tierra en unos años.

Y la cuenta regresiva comenzó. A medida que el inmensurable ente se proyectaba al interior del sistema solar, las teorías de Lovecraft cobraban fuerza, lo tenían como un visionario que pudo predecir el fin de la humanidad. Por otra parte, los gobiernos desarrollaron armas y refugios, guerras y muerte tratando de apoderarse de todos los recursos para sí mismos. La humanidad colapsó. Se inició el holocausto. Las matanzas por el agua y el alimento diezmaron pueblos enteros, las naciones empezaron a sangrar convirtiéndose en cenizas y espejismos.

La bestia del fin del mundo, llamado así por extremistas religiosos, movilizó masas que, en nombre de la fe, se unieron al festín de la mutilación. Las leyes desaparecieron y la sociedad retrocedió a una época barbárica, la ley del fuerte imperó, se perdió a la mayoría de los niños. Varias generaciones quedaron enterradas en fosas comunes sin nombre ni pasado.

Por fin, los estragos del imposible monstruo devorador de mundos comenzaron a sentirse en el planeta, su gravedad desató olas y tormentas, abrió la tierra y esta se tragó los costosos refugios de los que habían conservado el poder con sangre y vacuas promesas. No quedaba lugar a donde huir, lo que los humanos no mataron, la propia naturaleza, poseída por fuerzas externas, se encargó de destruir. Lo peor estaba por venir, meses antes de la llegada del titánico ser, la humanidad se inmoló en un festín de sangre, placer y muerte.

Fue llamada “La Fiesta del Fin del Mundo”, un bacanal sin control, una orgía sin restricción, en la que los pocos humanos que restaban en la Tierra ahogaron la desesperanza. Bastaba alzar la vista para ver al coloso, con sus numerosas y gigantescas bocas repletas de exagerados colmillos, aquello motivaba a seguir bebiendo, fornicando y matando, ya no importaba nada. En el último momento se presionaron los botones rojos alrededor del mundo y la Tierra murió repleta de estallidos nucleares que cubrieron la atmósfera con nubes tóxicas de aquí hasta la eternidad.

Y el exorbitante ser, por alguna razón que se desconoce hasta el presente, desvió en el último momento sin tocar el planeta, planeta sin humanos donde nosotras, las cucarachas, hemos evolucionado, siendo inmunes a la radiación, hasta establecernos como la cabeza de una nueva pirámide alimenticia impulsada por la era radioactiva.



SANGUIJUELAS

por Maria Kristina Ramos Herrera



El cielo se tornó gris de repente, las calles estaban inundadas en sangre, corrían como ríos de lava, se escuchaban los gritos desgarradores de la gente, el fuego bailaba alrededor de los edificios, yo observaba quieta desde lo alto del laboratorio.

Ellas nos conocen muy bien, se han propuesto exterminarnos, nos consumen como presas, una a una nos succionan la sangre.

No puedo creer lo gigantes que son. Por muchos siglos las sanguijuelas fueron usadas como herramienta común de los médicos y ahora están en nuestra contra.

Creyeron que eran juguetes de laboratorio, usándolas a su antojo y ahora todo es diferente.

Nunca creí que esto podía pasar, cada vez son más, se los advertí.

La Tierra se estremecía entre sollozos, lágrimas y los gritos eran ahogados sistemáticamente. Los cadáveres regados son un espectáculo de horror, los vientos fétidos esparciendo su mensaje de muerte avanzan rápidamente.

Quieta, solo puedo llorar y temblar, sé que me encontrarán y será el final.

Escuché un fuerte estruendo, un olor nauseabundo inundó mis fosas nasales, el terror se apoderó del lugar, ahí estaba frente a mí, dispuesta a todo.

Cerré los ojos rogando, esperando que Dios me escuchara. Aunque ya era muy tarde.



SIN TIEMPO PARA LA HUMANIDAD

por Patricia K. Olivera



El final se desató en 2019. El primer caso fue un niño de unos seis años. Una noche, los padres llamaron a la emergencia porque el chico no podía respirar. De acuerdo a la historia clínica, su rutina de ese día había sido la de siempre: se levantó temprano, tomó el desayuno y jugó en el jardín hasta el mediodía, hora en la que lo llevaron a la escuela. Según las maestras, el chico pasó bien; cuando lo recogieron en la tarde tenía un poco de tos. Ya en la casa, jugó un poco más en el jardín; era primavera y el clima cálido lo permitía. Durante la cena comió muy poco, ya se quejaba de dolor de garganta. La madre le administró un analgésico pediátrico para esos casos. Antes de dormirse, mientras lo arropaba, el chico le mostró una mariquita colorada, con puntos negros en el lomo, que tenía guardada en una cajita transparente. La madre no le dio importancia, esos bichitos eran comunes en esa época del año. Cuando el niño se durmió, abrió la ventana y liberó a la mariquita, habían algunas más en el borde de la ventana. El niño tenía un poco de fiebre, como le pasaba cada vez que se enfermaba de la garganta.

Esa madrugada, cuando la emergencia se lo llevó, la fiebre era excesiva, apenas podía respirar y convulsionaba. Al llegar al hospital, ya estaba muerto. Cuando los médicos le quitaron la mascarilla de oxígeno quedaron aterrados: la parte del rostro que quedó al descubierto era un amasijo de carne, los huesos semejaban una sonrisa macabra. De la boca entreabierta, asomó de a poco una mariquita que extendió las alas y salió volando.

Cuando hicieron la autopsia encontraron en la garganta y el esófago una cantidad excesiva de estos bichos, los cuales no solo continuaban devorando el cuerpo a gran velocidad, sino que utilizaban el esqueleto para desovar los huevos. Los científicos investigaron cómo combatirlos, mientras los muertos se multiplicaban. Pronto, las calles fueron un caos: no solo por la invasión de esa plaga inesperada, sino por el reguero de cuerpos caídos, devorados en un abrir y cerrar de ojos. La plaga se extendió con las horas; tarde o temprano se introducían en los cuerpos sanos, de una u otra forma, y comenzaban su festín. Ya no quedó tiempo para la humanidad. Los científicos, todos, murieron antes de hallar un antídoto para evitarlo.



STRONGYLUMANOS

por Oswaldo José Castro Alfaro



El jeep recorre la Estación Zoonótica. El Oficial de Guardia certifica los protocolos de seguridad en las instalaciones y por radio recibe el informe de las torres de observación. Los efectivos de contención están en sus puestos y listos para las órdenes. Reporta al Jefe de Servicio y retorna al puesto de comando. Alrededor de las 2100 horas, tal como ha sucedido en la quincena precedente, observará a los strongylumanos intentando ingresar a la estación y cómo serán abatidos. Esa ha sido la rutina desde que fue comisionado al Laboratorio de Humanos Larviformes. A diferencia del programa oxiuroines, humanoides pacíficos sintetizadores de anticuerpos monoclonales contra el cáncer, el de los strongylumanos fracasó cuando se negaron a vivir bajo tierra. En manifiesta rebeldía reclamaron la presencia de luz solar y por retro alimentación suprimieron los códigos genéticos de elaboración de endorfinas. Fueron exterminados. Fue necesario trasmutar la fase rabditoide del parásito para secuenciar el ADN, modificar la etapa filariforme y posibilitar el intercambio de genomas con las células toti potenciales de los embriones humanos. Luego del tamizaje se obtuvieron criaturas habituadas a vivir en el fango, ciegas y dóciles. Lo que al inicio fue celebrado como un logro, los meses siguientes demostraron el error. Los strongylumanos evolucionaron desmedidamente y resultaron contestatarios y con inteligencia suficiente para evadir el control de plagas. Hasta ahora los científicos no entienden cómo estos especímenes asexuados fueron capaces de reproducirse.

El gobierno trasladó al cuerpo de élite que desapareció a los tenioides y el capitán espera liquidarlos esta noche. El oficial observa los monitores y nada llama su atención. Las torres guardan silencio y la estación está tranquila. A las 2100 horas el fluido eléctrico oscila y desaparece. Las alarmas suenan, se sellan los compartimentos y las luces de emergencia se encienden. El militar y sus comandos garantizan la estanqueidad de la instalación, abandonan el lugar y abordan el helicóptero que los extrae. A cien metros de altura se convence que cualquier ayuda para sus semejantes será inútil. Los strongylumanos emergen de la tierra. Son tantos que no les importa morir porque tras ellos viene la infestación masiva. Tienen rasgos humanoides, reptan y son viables en un hábitat con inteligencia humana. La dopamina y serotonina que elaboran los impermeabilizan al dolor y no retroceden aunque vayan perdiendo la forma original. A la medianoche la Estación Zoonótica tiene nuevos dueños y ningún rehén.









UNA LECCIÓN

por Julián Sánchez Caramazana



Me parecía tener ante mis ojos una fotocopia física, y en relieve, de El Terror, la gran novela que leí por primera vez con diez años escrita por Arthur Machen, pero no tenía, ni tiene, nada que ver.

La vaca masticaba la cabeza de la oveja mientras su cuerpo era desgarrado y comido por varios gatos y caballos, mientras una manada de lobos mutilaba a dentelladas a los resistentes de aquella granja. ¿Por qué?

No hubo aviso, la realidad superó a la ficción, no hubo diluvio, ni hongo atómico, las mascotas en todo el planeta comenzaron a comerse a sus dueños. Un hambre atroz, la locura les sacudió o cualquier otra cosa. Tampoco era una infección, no tenemos ni puta idea.

Lo recuerdo mientras mastico los ojos de mi hija y lanzo un cacho de su brazo izquierdo a unas gaviotas que revolotean muy cerca.

Esta es la actitud si eres un solitario en este mundo en el que se mata y se comen y nos comemos unos a otros. Matar, comer, comportarse como las bestias, ser una más, entre los incendios, las ruinas y más muerte y el agua no escasea, hay de sobra, pero atrae más la sangre, se bebe, y vigila.

Y ya parece que el grupo de resistentes de la granja lo va entendiendo, aprenden la lección, cuando se abalanzan sobre los caballos y los acuchillan y los lobos devoran trozos de los equinos y yo debo ensartar con un machete por el sexo a una adolescente que se abalanza contra mí y regalársela a las gaviotas que son unas hijas de puta. Pero un anciano me patea la espinilla, así que le muerdo en la cara y mastico su carne en señal de reconocimiento a las bestias. Entonces todas me dejan en paz, me consideran una más en el instante antes de volver a esa extraña enajenación y salvo la vida un día más.

Es lo que hay, nada típico, ¿el apocalipsis?, más bien una puta mierda. Así que me voy a mi refugio porque aún me queda algo del cuerpo de mi hija Susana, a la que le puse mi mismo nombre al nacer.


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