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1ra Parte

En el Strano Paese

Luis M. Corzo

Por vez primera en anos, tras el tórrido letargo de toda una década, el calor se había mitigado. ¡Ah, cruel ironía del destino! Cruzo con dificultad hacia el otro lado del pretil, ya que días de trasnoche habían diezmado sus fuerzas, y solo residía en su alma el ineluctable anhelo de dar el último de sus pasos. Desde la ingente altura del puente, contemplo la colosal metrópoli que en un principio le otorgó una bienvenida inescrutable, y en la posteridad, un cilicio malsano que le había arrastrado hasta el infausto presente. Contemplo sus edificios colosales, monótonos, terribles. Las galernas agitaban sus cabellos mustios y su barba incipiente, y meditando en aquella cima, le golpeo como una epifanía trascendental, la resignación de comprender y aceptar que el motivo de la existencia no es otro que el sufrimiento. Recordó la respuesta de Martin a Cándido, cuando el último cuestiono el porqué de este mundo: para hacernos rabiar. Y tras aquella revelación, le asusto la decepción de que su fin había llegado, y que sus oníricas ilusiones de antaño habían culminado en la totalidad de su antítesis. Alzo la mirada, levanto las manos y musito con toda su furia interna: Oh tú, quimera invisible, que con tu espejismo de oropel me has endiñado tus males, acarreándome a este infausto final. Así recito su elegía cuando atisbo hacia abajo, y dio el último paso hacia el gélido vacío de la muerte.

Aquellas fueron las últimas palabras de Giuseppe Cardinale.





Entre patrias, naciones, e imperios, sobresale a la grandeza una nación que conquisto el mundo con la audacia de los cesares y el filo de sus gladius, y en siglos posteriores, con los opúsculos imponderables de su arte y su ciencia, así como su literatura y filosofía. No obstante, es preciso afirmar que su glorioso pasado sufrió reveses de oscurantismo que oscilaban con altibajos de grandeza. Esta nación es Italia, y lamento que esta historia haya de ser narrada en una época en que sus egregios personajes habían ya fenecido, y sus siglos de esplendor eran solo meros vestigios de antaño.

A ocho kilómetros de Palermo, se encuentra una pequeña e idílica aldea conocida como Belmonte Mezzagno. En sus afueras residía la familia Cardinale, compuesta de un patriarca, su conyugue, y el fruto de sus dos hijos. El padre, Salvatore, un humilde campesino con reveses de acritud, era un hombre de mediana edad, piel atezada, y fieros ojos de lince, divididos por una nariz aguileña que concluía en un turbio bigote nietzscheano. Era robusto como una acémila de carga, poseía una ingente andorga, usual en los viejos patriarcas, y dos hercúleos brazos que desembocaban en dos temibles manos de púgil. Su esposa, la señora Antonina, era en muchos aspectos su antítesis. Dulce, taciturna, y diez años más joven, su rostro era un lienzo acicalado por manos renacentistas. Giuseppe, su hijo menor y protagonista de esta historia, representaba un equilibrado sincretismo de ambos padres. Nacido en julio de 1891, compartía una gran semejanza con su padre, y al mondar su arisco carácter, aparecían destellos de la munificencia materna. A su imberbe rostro de sículo se agregaba el perfil sarraceno cuyos vestigios se habían filtrado en Sicilia diez siglos atrás. Su tez estaba algo endiñada por los rayos del sol, sus ojos oscuros invadidos de inocencia infantil, y sus cabellos castaños eran la única herencia física de su madre. Su hermano mayor, Giovanni, compartía tal semejanza con este que pudiésemos aludir al paralelismo de Sídney Carton y Charles Darnay. No era un chico avieso, mas su carácter abarcaba un elemento de cinismo, gran sentido del humor, una jovialidad ubicua, y un anhelo innato de hacer maldades callejeras.

Como hemos dicho, los Cardinale residían a las afueras de la aldea, en un pobre tugurio de madera con horcones que sostenían un techo de paja con una estructura de madera raída. Dentro del hogar había dos viejos camastros, un taburete, una cocina de leña, y como era de esperar, un piso de tierra. Aledaños a su choza, se encontraban varios hogares tan mustios como el de los Cardinale, y muchos de los alimentos de las cosechas se almacenaban en una especie de hórreo que los lugareños compartían mutuamente. A Salvatore le mantenía ocupado una serie de diversas labores, desde las cosechas a los negocios, en los cuales a veces Giovanni le echaba una mano. Llevaba su asno con algunos productos de las cosechas hacia la plaza Garibaldi, donde se encontraba una parroquia de tiempos barrocos, y los vendía a varios curiosos que por allí erraban. Uno de ellos, Amerigo, carpintero de profesión y su amigo de la niñez, en ocasiones compraba algo, y le invitaba a charlar con algún sorbo de vino que siempre escaseaba para distraerse de los problemas cotidianos. Después, el viejo Salvatore retornaba a su choza por un trillo polvoriento, acompañado de su asno, escaso de capitales para soñar con un mejor porvenir. Durante la hora de la cena, la familia consumía una dieta espartana, típica del campesinado de la época, que consistía en varios mendrugos de pan endurecido acompañados de vegetales. De vez en cuando, disfrutaban de una cálida sopa, mas su pobreza era tal que los manjares de carne se consumían solamente en tiempos de Navidad. Sus ganancias se consumían en alimentar pobremente a su familia y pagar impuestos a terratenientes despóticos que no llegaría a conocer en la totalidad de su misérrima existencia. Trabajaba hasta quince horas al día, todos los días, los de invierno, los de estío, los días soleados y los días pluviales. Sus hijos carecían de calzado, como lo había experimentado el padre en sus remotos días de mocedad. Era una vida de remeros azotados por cómitres, ofuscada de la esperanza, ensimismada en la ignorancia y la pobreza, en la explotación y el oscurantismo. Los peores tiempos eran las temporadas de lluvia, cuando el suelo de tierra se tornaba en un acuoso lodazal, y tenían que compartir su mísero aposento con los animales, pues el cubil se había deshecho tras una fuerte ventisca de abril. Muy peculiar a la época, los Cardinale jamás accedieron a dominar el ingenio del alfabeto. Pero al Giuseppe cumplir su tercer año, una serie de eventos llegarían a afectar el destino de su familia.



Hubo un tiempo en que Italia domino a Europa, y hubo un tiempo en que Europa domino a Italia. Tras el ocaso del imperio romano, Italia se vio invadida por innumerables huestes de innumerables razas, tribus, dinastías, imperios. Tras un letargo soporífero de todo un milenio en el que prevaleció el arcaico atavismo feudal, retorno sedienta a su era de conquistas. Esta vez, conquisto a sus vecinos no con huestes legionarias, sino como Grecia conquisto al invasor romano, es decir, con las tutelas y opúsculos de su literatura, de su arquitectura, de su arte. Refulgía la vieja Hesperia al revivir su pasado, mientras Europa observaba con ojos de admiración y codicia. Pero tras tres siglos de grandeza, de nuevo sus ciudades y sus campos se vieron colmados de huestes ajenas, e Italia quedo a merced de sus nuevos invasores, hasta una nueva época, en que esta nación despertaría de nuevo, en un momento no menos glorioso que el de la Roma imperial o el despertar renacentista. Durante catorce siglos, Italia permaneció desunida, fragmentada en entidades gobernadas por elites extranjeras, hasta que el ingenio de Mazzini, Cavour, y Garibaldi unieron el vasto mosaico que sería Italia, antaño fragmentado por siglos de guerra. Las manos se unieron desde el Piamonte hasta Sicilia.

Pero tristemente, los años que siguieron el Risorgimento fueron de penuria y escasez. El norte de Italia prospero bajo un sistema capitalista, que percibió florecer un raudo auge industrial. Este suceso distribuyo la riqueza a una clase media urbana, y en muchos aspectos, el norte de Italia llego a equipararse con las prosperas naciones de Europa. Mientras el norte prosperaba, la Italia meridional retrocedía a los oscuros tiempos feudales. Después de finalizar el Risorgimento en 1870, el porvenir de Italia se vio a merced de una serie de gobernantes corruptos. Agostino Depretis inicio el concepto del transformismo, cuya meta era el ostracismo de ideas extremas, tanto de derecha como de izquierda, en una especie de coalición centrista y decadente. En realidad, el transformismo era una serie de aquelarres de corrupción, donde los poderes económicos utilizaban el soborno como arma principal para asegurar sus intereses. De esta forma, los terratenientes sureños poseían considerable influencia en los círculos políticos, y sobornaban a candidatos que representasen sus intereses. Por esta razón no emergían reformas laborales y agrícolas, y la Hesperia austral sucumbió a un colonialismo interno de la sofisticación de la Italia norteña. Fue así como se amplió la brecha entre el norte y el sur, fue así como el norte se superó a una sociedad capitalista e industrial, mientras el sur permaneció atado a un sistema semifeudal agrícola.

Las condiciones arcaicas del sur se debían también a problemas medioambientales. Durante la segunda mitad del siglo XIX y el comienzo del siglo XX, las tierras meridionales yacían insalubres mientras campesinos frustrados plañían por sus escasos frutos. El clima era seco, las tierras rocosas, los estíos longevos, las aguas pluviales escaseaban, y los ríos y arroyos se sacaban. Una epidemia de cólera diezmo a más de cincuenta mil almas en 1887. En 1906, el Vesubio despertó y desato su furia sobre Nápoles. Dos años después, un nocivo terremoto sepulto las ciudades de Messina y Reggio Calabria, con una mortandad que ascendía a más de cien mil fallecidos. Los campesinos cortaban árboles para obtener espacio para sus cosechas, y esta ausencia de árboles causo que las lluvias inundaran las tierras, por ende creando áreas pantanosas que eran egidas para mosquitos transmisores de malaria, enfermedad que culmino miles de vidas sureñas.

La inicua improbidad del campesinado sureño por parte de terratenientes y propietarios, junto con las tragedias naturales que plagaron las tierras agrestes, flagelaron rapazmente la población campesina. Más de la mitad de los sureños eran analfabetos, el desempleo era desenfrenado, y la penuria era tal que muchas familias campesinas se vieron obligadas a residir en antros, pétreos y oscuros, que convertían en hogares. Pero aquí reiteramos el final del capítulo anterior, y es preciso afirmar que la furia de los oprimidos fecundaría una eclosión sangrienta. Este surgimiento haría cambiar para siempre el destino de los Cardinale.





La explotación del campesinado por parte de los terratenientes yacía en su apogeo, cuando la genuflexión se transformó en ira y causo un despertar tras siglos de indelebles heridas. Hacia el año 1889, comenzó en Sicilia un movimiento político conocido como los Fasci Siciliani. Su ideología era un eclecticismo de fe espiritual, algunos aúpes al monarca, y sobre todo, una ideología de carácter socialista que anhelaba mejorar las condiciones laborales del campesinado. Los Fasci imbuían en los oídos agrestes el mensaje que algún día les librarían de la improbidad feudal. A comienzos de 1893, trece personas fueron asesinadas en la localidad de Caltavuturo, por reclamar tierras que le pertenecían y que los terratenientes se habían repartido entre ellos. A mediados de ese mismo año, se reunieron los dirigentes de los Fasci en Corleone, y elaboraron un esquema de contratos agrarios para mejorar el estado luctuoso de los campesinos y distribuir las tierras entre estos. Esto fue presentado a los terratenientes, y como era de pensar, se negaron rotundamente a la reforma. Tras esta decisión, en los días que siguieron, la isla de Sicilia trepido ferozmente cuando los azadones se transformaron en picas, y se declaró una gran huelga desde Catania a Trapani. Los latifundistas opresores le exigieron al estado que interviniera para establecer el orden, y el nuevo primer ministro, Francesco Crispi, envió a Sicilia un ejército de cuarenta mil hombres para suprimir la huelga. En tan solo unos días, la abrumadora ventaja numérica de los opresores suprimió ferozmente la revuelta con ejecuciones sumarias, deportaciones a las islas penales, los líderes fueron encarcelados o exiliados, y se disolvieron sindicatos y organizaciones que representaran a la vasta mayoría. Los grilletes se cerraron de nuevo, y esta vez con mucha más fuerza.

La erogación del ideal de los Fasci había sido escuchada y enaltecida por Salvatore, Antonina, y Giovanni, quien comenzaba a tener uso de razón. En lo que refiere a Giuseppe, iteramos que contaba con solo tres años de edad, y en sus años posteriores solo permanecieron turbios recuerdos de los Fasci. Amerigo, el viejo amigo de Salvatore, con quien había compartido su niñez con juegos pueriles y su senectud con atardeceres de oporto, se unió a la lid con encarecida furia. En uno de los altercados bélicos, Amerigo recibió un disparo en el hombro derecho, y al percibir que peligraba su vida, Salvatore lo levanto con su fuerza hercúlea y le acarreo furtivamente mientras llovían las balas opresoras. Le llevo a su choza, y con la ayuda de su esposa, le ayudaron a convalecer con sus primitivos remedios caseros. Horas después, Salvatore columbro que se acercaba una pequeña tropa a su choza, e insto a su esposa a que ocultase a Amerigo. Entre los dos le ocultaron bajo el camastro, y pusieron sobre este una sábana que caía al suelo de tierra. Giovanni se acostó, fingiendo estar enfermo con un trapo húmedo en la frente, y Salvatore coloco uno de los carneros adyacente al camastro. Giuseppe comenzó a llorar, y abrazo las piernas de su madre.

Uno de los gendarmes surgió de pronto en el umbral.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Trabajan estas tierras?- pregunto.

- Si, aquí vivimos, y trabajamos estas tierras- contesto Salvatore con la mayor munificencia.

- Tenemos órdenes de registrar los hogares aledaños. Le ruego que nos permita hacer nuestra labor sin recurrir a la violencia.

-Siéntase como en casa. Solo le pido que no alarme a mi hijo enfermo.

El gendarme observo a Giovanni retorcerse en trémulos movimientos, sus ojos entreabiertos.

-Tiene mucha fiebre. Creo que su vida peligra- dijo Antonina, rompiendo a llorar.

El gendarme se paseó por la choza mientras los otros esperaban afuera. Poseía un rostro longánimo. Lanzo una mirada a la madre en la que esta lo percibió todo.

-Tengan buen día- dijo. –Perdonen la molestia.

Salió de la choza y se alejó en compañía de sus hombres. Muchos anos después, Antonina sostuvo el criterio que el gendarme sabía lo que ocurría en la choza, y por compasión no prosiguió adelante con sus órdenes. Giovanni estuvo convencido, hasta el último de sus días, que ingeniosamente había engañado al gendarme.





Amerigo nunca creyó haber agradecido lo suficiente a Salvatore y a su esposa. Estuvo varios días escondido en la choza, convaleciendo de la herida, hasta una noche en que salió furtivamente de la choza después de un millar de despedidas, y marcho de vuelta a su oficio de carpintero.

Los meses que siguieron a la supresión de los Fasci fueron de asaz penuria, y la vida de la familia llego a ser más ardua que nunca. La despiadada filípica de los opresores y los exiguos frutos del terreno le exigían a la familia una acuciante decisión. Salvatore y Giovanni trabajaban todo el día, llegaban desaliñados al hogar, y se lavaban en una vieja jofaina sin cambiar el agua. Antonina se ocupaba de cuidar de Giuseppe y realizar los quehaceres de la casa. Cuando las tardes de arrebol anunciaban el ocaso del día, la familia se unía y compartía la escasa dieta que haría vomitar a un hoplita espartano. Una mañana, antes de partir a trabajar, Salvatore hablo así a su esposa:

-Nos marcharemos a Palermo. Es la última tentativa antes de abandonar Sicilia.

Antonina emitió una amarga sonrisa.

-¿Con que? Si no tenemos para comer.

Salvatore introdujo la mano en su bolsillo y extrajo un punado de liras.

-Es un regalo de Amerigo. Eran parte de sus ahorros, y por más que me negué a aceptarlo, me insistió de tal forma que coloco el dinero en mi bolsillo. Además, poseo algunos ahorros, no es mucho, pero venderemos este tugurio y el alud de animales, las herramientas y todo lo demás. Con este peculio buscare empleo en Palermo, en lo que pueda, y viviremos mejor que aquí.

Empero el escepticismo de Antonina, todo ocurrió como su esposo predijo. Semanas después, la familia se trasladó a Palermo, donde les aguardaba un porvenir ignoto ante los vericuetos de la vida urbana. Una vez en Palermo, alquilaron un aposento de una habitación, en el segundo y último piso de un vetusto edificio. Fenecía 1894 con recios vientos de invierno.

En este hogaño incierto, Salvatore y Giovanni comenzaron diversos itinerarios para encontrar empleo. Una mañana de enero, el viejo Salvatore tuvo un encuentro casual.

-¿Quién dice que el mundo es grande?- dijo una voz conocida.

Salvatore se dio la vuelta, y ahí estaba Amerigo, emanando su halito a oporto en una sonrisa de nostalgia, sus brazos extendidos en pos de abrazo. Se recibieron como nunca antes, y charlaron sobre sus nuevas vidas.

-¿Qué te hizo salir de Belmonte Mezzagno?- pregunto Salvatore.

-Los rumores de un buen empleo, y ciertos eran, pues trabajo en un taller de carpintería, no lejos de aquí. Entonces vendí algunas cosas y me traslade con mi hijo a la ciudad.

-¿Cómo está el muchacho?

-Benedetto, ya sabes, solo piensa en jugar y dormir. Parece agradarle la ciudad, y ha poco hizo amistad con el hijo de unos vecinos, gente muy humilde.

-Me alegra tu dicha. Envíale un abrazo de mi parte.

-¿Bueno, a que te dedicas ahora?

- Estoy cesante. No encuentro empleo en ningún rincón de esta ciudad.

Amerigo medito un instante, y dijo sonriente:

-Escucha… hablare con el gerente. Quién sabe… quizás trabajemos juntos.

- No tengo mucha experiencia en el oficio.

-Salvatore- dijo Amerigo, poniendo la mano en su hombro. – Has sido un asno toda tu vida, pero no hay como tú para labores manuales. –Pásate esta tarde por mi casa, hablaremos, te indicare algunas cosas, le hablare al gerente, y pasado mañana, iremos a probar suerte.

-Gracias viejo, muchas gracias- dijo Salvatore, e intento sonreír.

Se despidieron como hermanos, y marcharon a sus hogares.



Todo aconteció como habían planeado. Los encomios de Amerigo persuadieron al gerente a contratar a Salvatore, cuya habilidad práctica avezaron sus manos labriegas a la carpintería. Cortaban madera, clavaban clavos, juntaban puertas y bisagras, entre otras muchas labores que no hemos de relatar. A la hora del almuerzo, se tomaba un corto receso en el que los obreros conversaban, reían, intercambiaban criterios, escarnecían a los políticos, se lamentaban de sus vidas. Muchas veces, el mismo gerente, Franchesco, se unía a las pláticas como un obrero más. Era un individuo enteco, aun joven, de carácter voluble y muy conservador. Se mostraba comprensivo y afable, y sus ratos turbulentos no eran más que breves intervalos de seriedad glacial. Franchesco tenía un hijo coetáneo a Giuseppe, al que llamo Vittorio, en honor al primer rey de una Italia unida. Vittorio era un espejismo de Giovanni. Siempre sonriente, mordaz como Voltaire, apasionado como Werther, estoico como un Zenon, docto como un erudito. Además de Vittorio, Franchesco tenía una hija, a quien llamo Drusila. Un ano menor que su hermano, era una joven de excepcional belleza. En casa de Franchesco no cesaban las visitas de individuos de toda estirpe, poetas y trovadores, jóvenes y ancianos, paupérrimos y próceres, enamorados pesimistas, donjuanes melancólicos, en fin, todos acudían a él para pedir la mano de su hija. Franchesco los recibía según el voluble matiz de su carácter. Era una joven esbelta, de tez broncínea y ojos de jade, con bucles ondulados que atraían las miradas de todo Palermo.

Fue en este cálido ambiente donde nuestro héroe aconteció su niñez. En ocasiones iba al taller con su padre, observaba la labor, hasta cooperaba con los obreros. Fue durante aquellas visitas al taller donde Giuseppe conoció a Vittorio y a Benedetto. Pronto se hicieron amigos, y con el tiempo, hermanos. Existía una reciprocidad tal entre los tres, que de rara vez se les veía separado el uno de los otros dos. Ni Benedetto ni Giuseppe habían tenido nunca la oportunidad de asistir al colegio, ni soñar con la erudición. Vittorio, quien procedía de una familia acomodada, asistió al liceo durante un tiempo, mas su carácter indómito y su rebeldía hacia los docentes provocaron su expulsión tras dos años de estudio. Los tres pasaban los días conversando, corriendo por las calles, ejecutando acrobacias, jugando a la briscola, lanzando piropos a las chicas, y haciendo maldades en el taller de sus padres. Durante el asueto de descanso que tomaban los carpinteros, acostumbraban a echar puñados de sal en los tazones de café y esconder las herramientas. El pasatiempo favorito de los tres era fastidiar al viejo Guglielmo, un anciano que residía no muy lejos del taller. Este viajo a Grecia en su juventud y se enamoró de una muchacha que tenía una hermana gemela, y trajo a las dos a Palermo. La hermana de la muchacha se enamoró de Guglielmo, y este aprovecho el semblante de las gemelas para pasar noches enteras con ambas, y en diferentes ocasiones. Cuando se supo el escándalo, se rompió el matrimonio, y la griega regreso a su país, mientras que su gemela permaneció con Guglielmo durante unos días hasta encontrar un nuevo pretendiente, un veneciano, aun joven y muy cortes, pero tan horrible que hacia llorar a las cebollas. Guglielmo acostumbraba a sentarse en su portal durante las mañanas tardías, fumando su pipa y atisbando a los transeúntes que le saludaban y hacían mandados. Giuseppe y sus amigos pasaban y gritaban a toda voz “cornudo”, mientras Guglielmo, colérico, les arrojaba piedras, diciendo “granuja, ven aquí si eres hombre”, “espera a que te agarre”, “les daré una buena zurra”, mientras Giuseppe y los otros corrían riendo a carcajadas.

Durante las tertulias vespertinas y nocturnas, Giuseppe, su hermano, Vittorio y Benedetto, y otros chicos del vecindario, jugaban a las escondidas. Subían a los árboles, se ocultaban en los tejados, invadían portales oscuros, se hacían trampas unos a otros, entre otras muchas travesuras. Vittorio endiñaba marañas a Benedetto para que fuese el primero en contar, y este con su rostro de querubín y sus mofletes siempre sucios, acostumbraba a decir “Porque siempre tengo yo que contar”. Vittorio y los otros reían a sus espaldas mientras corrían a ocultarse. Benedetto nunca se percataba.

Otras veces, en las noches más solitarias, se reunían a jugar a la briscola o a los dados, y Antonina les brindaba golosinas que ella hacía en sus horas de ocio para venderlas en los colegios. A veces Salvatore jugaba con los chicos, y siempre que lo hacía, estos se pasaban las cartas por debajo de la mesa usando sus pies desnudos. -¡Siempre de mala suerte!- gruñía el viejo Salvatore, y los chicos reprimían sus risas.

Una vez Giuseppe enfermo de fiebre, y permaneció acostado en su camastro durante días. La madre de Benedetto ayudaba con sus complejos remedios, caldos y sopas, mientras otras matronas del vecindario le preguntaban a Antonina “¿Cómo esta Giuseppe?” Empero los estragos de la pobreza, prevalecía una solidaridad casi innata entre todos y para el bien de todos. Aherrojados a la inopia y la escasez, era ese sentimiento de hermandad lo que les hacía felices, lo que los hacía humanos. Y así transcurrían sus vidas.







Fueron estos arduos y joviales tiempos en los que transcurrió la infancia de Giuseppe. Pero a comienzos del año 1907, Antonina cayó enferma y su capacidad de convalecencia fue solo un estático letargo de embotamiento que tan solo dilato su inevitable final. Una umbría tarde de enero, Antonina emitió su último suspiro, y sus ojos jamás volvieron a abrirse. El infausto acontecimiento fue un duro golpe para los demás Cardinales, especialmente para Giuseppe. Era tan unido a su madre como a su padre, y su afecto por los dos era tan ecuánime como sincero. No habría más golosinas que repartir en los colegios, y en el hogar pululaba un silencio intranquilo que tras largos meses cedió a las palabras de un nuevo comienzo. Giuseppe también cambio. Se volvió sombrío y trágico porque su porvenir se había tornado trágico y sombrío. Salvatore y Giovanni le hablaban muy poco, y poco hablaban entre ellos. El padre llegaba cabizbajo y mohíno del taller, y Giovanni se consumía en una extraña seriedad asaz lejana a su inherente alegría.

Con la eclosión de la primavera, un nuevo capítulo se abría en la vida de nuestro héroe, que por muchos años le ayudaría a mitigar el dolor de su irreparable pérdida. No obstante, las cosas enconaron, las rentas ascendieron, los precios por doquier escalaron a niveles imprecedentes, y mientras atravesaba la viacrucis de reminiscencias maternas, llego a Giuseppe una nueva y siniestra idea. Muchos eruditos coinciden que una de las causas del bandidaje, entre otros males de la sociedad, emanan de la miseria de un pueblo. Un mal se paga con otro mal. Así comenzó a razonar Giuseppe. Se estropeo su inocencia al percatarse de la existencia del mal. Sentía una encarnecida furia contra aquello, el azar, Dios, el logos cosmogónico, el fatalismo que había escogido a su madre y no a los meritorios de la muerte, y en consecuencia, apañó el mal como un credo.

Un martes de calor, se dirigió al mercado con la intención de hurtar todo lo que le pareciese aliciente, dispuesto a aporrear si se daba el caso. Entre los muchos individuos que pululaban frente a los puestos vendedores, Giuseppe columbro una cesta de mimbre, llena de frutas. El dueño, a quien no prestó mucha atención, tomo la cesta y prosiguió su camino. Giuseppe lo siguió con la vista y espero al momento oportuno para apañar la cesta y huir desapercibido. Mientras el dueño se distraía en una charla, Giuseppe tomo la canasta, camino raudo y con sigilo hasta las afueras del mercado, y echo a correr con todas sus fuerzas. Se aventuró por una calle solitaria, y una vez exhausto comenzó a caminar. Al final de la calle, había un gendarme en el cual Giuseppe no había reparado, y peor aún, que bien conocía la cesta.

-Detente - grito el gendarme.

-¿Qué ocurre?- pregunto Giuseppe fingiendo su voz trémula.

-¿De dónde sacaste esa cesta?

-De ninguna parte. Es mía. Vengo directo del mercado.

-Acompáñame- dijo el gendarme tomándole del brazo.

Caminaron hacia el mercado, donde el gendarme se detuvo a escudriñar el vulgo, hasta avistar el enigmático individuo.

-Buenas tardes, señor Alfieri- dijo el gendarme.

-Buenas tardes oficial- contesto el hombre, fluctuando la vista del gendarme a Giuseppe.

-Este joven ha robado su cesta. -¿Es esta la cesta que siempre trae al mercado?

-La misma- contesto impasible el extraño. –Pero el joven no ha hurtado nada. Le regale la cesta por sus cumpleaños.

El gendarme le atisbo escéptico.

-¿Esta seguro, señor Alfieri?

-Seguro estoy- dijo el extraño. –Por cierto- le dijo a Giuseppe, -que olvidadizo eres, joven. Dejaste la otra cesta, la de las verduras, la carne, y el pan.

-No se preocupe- le dijo al gendarme, -es buen muchacho, y a veces compramos juntos.

El incrédulo gendarme miro a Giuseppe y al extraño.

-Buenas tardes- dijo, y se marchó tras un cordial saludo.

-¿Cómo te llamas?- pregunto el desconocido, estrechando su mano.

El estupor de Giuseppe era tal que sentía sus ojos salirse de sus orbitas. No podía articular, ni moverse, ni pestañear. Tan absorto estaba que el extraño reitero su pregunta dos veces más.

- Giuseppe- tartamudeo sudoroso.

- Es todo un placer- dijo el extraño. –Me llamo Alfieri.

Una mujer se acercó, coetánea y de rasgos lozanos, y le entrego una cesta que llevaba en los brazos.

-Ya vámonos querido, se nos hará tarde para la cena- dijo la mujer.

-Os presento a mi esposa, Mesalina.

-Mucho gusto- profirió la mujer

-El gusto es mío.

¿Qué haces en tu tiempo libre?

-Nada hago. No hay empleo, y nuestra situación me ha forzado a tan degradantes acciones. Le ruego que me perdone.

-No hay nada que perdonar muchacho. Escucha, en casa teníamos criados y sirvientas, mas ya no tenemos a nadie. ¿Te gustaría trabajar en nuestro hogar?

-Por supuesto. ¿Qué debo hacer?

-La pulcritud y el orden, muchacho. Tendrás buena paga.

Alfieri explico cómo encontrar su casa, tomo a Mesalina de la mano y se dirigió a la calle, no sin antes colocar la cesta en manos de Giuseppe.







La aparición de Alfieri en el destino de nuestro héroe fue una revolución en la vida de este último. Aquella noche no logro dormir, cavilando aquel encuentro trascendental, rumiando sobre aquella depuración, escudriñando, no comprendiendo. No obstante, medito sobre sus represalias equivocas y aquel encuentro fortuito, y su efímero cambio a la iniquidad se disipo con los acontecimientos de aquella tarde.

Con los albores del día próximo, Giuseppe vistió las mejores prendas de su armario, y se encamino rumbo al hogar de Alfieri, donde le aguardaba un porvenir utópico. Distaba a un kilómetro de su mísero aposento, más al comparecer, pensó que alucinaba. Ante sus ojos se alzaba una colosal mansión del tardío siglo pasado, que deslumbraba a todo Palermo con su acoplamiento renacentista amalgamado a destellos góticos. La entrada estaba ornamentada con un idílico jardín, pletórico de árboles frondosos, miríadas de diversas flores, ínclitas estatuas blancas, una fuente de mármol donde fluía un agua diáfana y pulcra. Por doquier pululaban las mariposas. Giuseppe penetro en la estoa de suelos marmóreos y columnas corintias que sustentaban un arquitrabe con tallados de arcángeles. Tomó el aldabón ebúrneo, y con cierto recato dio varios golpes a la puerta. Hacia una bella mañana.

Hubo una calma esperanzada. Alfieri abrió la puerta con estrepito, sonriente y estrechando su mano con deferentes ademanes y cálidas bienvenidas.

-Buenos días muchacho.

-Buenos días, señor Alfieri.

-Adelante. Estás en tu casa.

La señora Mesalina le dio una enfática bienvenida. Alfieri, en su usual dicción concisa y algo lacónica, le explico con detalle la labor que iba a desempeñar en aquel palacio sin límites aparentes. Se trataba principalmente de preservar la pulcritud, barrer los suelos, limpiar los muebles polvorientos, ordenar mesas y sillas para veladas principescas, fregar bandejas y cubiertos, y en ocasiones lavar alguna prenda que Alfieri o su esposa planeaban lucir.

La mansión, desde su perspectiva interna, era todo un patrimonio de cultura. La sala era una enorme congregación de atavíos históricos, sustentados por un suelo de madera fulgente. Grandes ventanales de la era Victoriana se abrían en las tardías alboradas e inundaban la sala con un fulgor angelical, y cerraban en horas vespertinas, sucumbiendo la diafanidad matinal a una penumbra melancólica. En un rincón, había un piano donde la señora Mesalina perfumaba el silencio de la sala con los Nocturnos de Chopin. En el centro, frente al hogar donde crepitaban las ascuas, yacían inmóviles varios muebles oscuros, divididos por alfombras persas de simetrías armónicas. En el rincón diametral al piano se encontraba una especie de estafermo de cuerpo entero y extremidades articuladas. Era la réplica de un guerrero de los siglos muertos, con su auténtica armadura y armas enristradas como para una lid inminente. La cabeza estaba cubierta de un almete de hierro que desembocaba en un almófar reluciente; el torso acicalado con una túnica de matices principescos que ocultaban la coraza de metal; los brazos iban protegidos de brazales y avambrazos de hierro, y en su mano derecha de guantelete sostenía una temible alabarda, mientras la izquierda estaba adosada a una adarga con emblemas medievales; de la cintura colgaba una espada envainada; sus piernas iban cubiertas de grebas argénteas; apoyado a la férrea muslera, yacía una arbalesta con una saeta enristrada; y lindando al soberbio escudero, de la pared colgaba un mangual de dos cadenas y esferas puntiagudas. A primera vista, el estafermo se convirtió en el atavío predilecto de Giuseppe.

En ciertas ocasiones, el señor Alfieri cambiaba la vestimenta y el arsenal del escudero, y le adornaba con una cota de malla y una brigantina de colores floridos. Otras veces, le colocaba un bacinete puntiagudo en el cráneo, o emplazaba la espada bocabajo en ambas manos y a nivel del abdomen, o bien sustituía la alabarda por el mangual. Los cambios de vestimentas y armas constituían uno de los pasatiempos con que Alfieri mataba su ocio. En cuanto a Giuseppe, le parecían esplendidos.

No había en aquel hogar una pared que estuviera exenta de bustos romanos, cuadros renacentistas, esculturas orfebres, atavíos orientales. El hogar de Alfieri disponía de dos plantas, conectadas por una escalera adornada con una alfombra escarlata y barandas de marfil. Justo al llegar al segundo piso, colgaba de la pared un enorme oleo de Garibaldi en su túnica de gaucho. A través del corredor alfombrado, dormitaban réplicas de El Parnaso y La Escuela de Atenas, entre otras obras renacentistas. El corredor del piso superior estaba custodiado por un centenar de balaustres de mármol, enhiestos y radiantes como huestes imperiales. La mansión contenía seis grandes alcobas, para el señor Alfieri, su esposa, y su hijo ausente, el joven Ennio, becado en la universidad de Milán, donde estudiaba filología clásica. La mansión estaba bendecida con una vasta biblioteca que albergaba un florilegio de opúsculos que abarcaba todas las ramas del conocimiento humano. Aquel erario de tratados contenía los usuales suelos de madera límpida, libreros llenos de volúmenes con encuadernaciones doradas, una mesa de escribir, y dos sillones acicalados con cojines de terciopelo. No había ventanas, y el aire de la biblioteca se enrarecía con la calma de un sepelio y el silencio monacal de una iglesia. En los libreros, las interminables hileras de libros yacían en un reposo esperanzado, aguardando ser abiertos y leídos, esperando enlucir a lectores con sus tesoros de arte y filosofía, de historia, de poesía, de promesas. El lugar deslumbro a Giuseppe, y a la misma vez lo colmo de consternación. Tenía a su alcance la sabiduría del hombre toda entera, pero sintió el aplomo de su impotencia al recordar que era un simple analfabeto.

Si algo enaltecía la estética del hogar, eran las curiosas mascotas de Alfieri. En tiempos en que acostumbraba viajar, se propuso coleccionar las más diversas estirpes de gatos. Compartía su hogar con una vasta comunidad de pequeños felinos de distintas razas, tamaños, colores, temperamentos, y a los que había bendecido con nombres de emperadores romanos. Entre estos se encontraban los gatos persas con sus rostros de patricio y su soberbia imperial, los abisinios de perfil de húsar y alcurnia espartana, los bosques de Noruega que erraban por las alcobas blasonando sus ademanes de juglar, los angoras turcos que caminaban con sigilo por los teclados del piano, emanando con sus pisadas melodías amorfas, los siameses cabizbajos con sus cuerpos de alfil que dormitaban como esfinges sobre las alfombras de la sala. El favorito de Alfieri era de la estirpe Maine Coon, un félido aristocrático y de proporciones palaciegas, que tomaba sus siestas sobre los alfeizares en penumbra. Las altas estirpes coexistían con otros gatos comunes que Alfieri había adoptado de arrabales aledaños y lejanos. Entre estos, había un misterioso gato negro, tres viejos barcinos, un infante muy alegre de color amarillo, y un gato melancólico y tuerto, que prefería la soledad de los rincones a la compañía de sus semejantes.

Esa misma tarde, al terminar su labor de limpieza, Alfieri le invito a tomar el té, y le rogo que le hiciese compañía. Mesalina tañía sus Nocturnos favoritos al otro lado de la sala.

-¿Terminaste?

-Si señor Alfieri.

-Llamadme Alfieri. Alfieri solamente. Sabes muchacho, hogaño poseo las riquezas de un emperador, mas no siempre dispuse de opulencias. Mi madre falleció al yo nacer, y jamás conocí a mi padre. Los anos de mi infancia transcurrieron en un sórdido orfanato en Palermo. Mi niñez fue obscura hasta los diez años, cuando fui adoptado por un matrimonio aristocrático. Fueron más que padres para mí. Me educaron, a mi dedicaron su afecto, me proveyeron de necesidades y opulencias. Me adoptaron porque la esposa era estéril, y desde hacía años anhelaban un hijo. ¿Ves aquel retrato en la pared? Eran mis padres.

Hubo un minuto de silencio.

-¿Sabes por qué te cuento estas cosas? Porque yo al igual que tú, transcurrí una infancia de miserias, desventuras, y toda clase de desgracias. Por otra parte, desde que mi padre me enseno a leer, me acosaba la embriaguez de conocerlo todo, y así termine devorando los centenares de libros que este poseía. Mi curiosidad no conocía límites, mi erudición lo abarcaba todo. El conocimiento es la cura de todo mal, la experiencia es la base de todo juicio. Mi erudición y mi pasado me destierran de los de mi estirpe. De ahí surge mi anomalía.

Giuseppe le observo fijamente, incrédulo, meditabundo, colmado de estupor. Cesaron las melodías del piano. Mesalina hojeaba el cuaderno de notas.

-Pretende emular a Cristo, pero los ricos no tienen cabida en el cielo.

-No lo necesito. Si existe la ultratumba, no quisiera estar con Dios.

-¿Por qué?

-Mi fe está reservada a hombres ilustres. No creo en las tutelas de un carpintero analfabeto, o un nómada domador de camellos, o un príncipe que medito siete semanas bajo un árbol y encontró la iluminación al despertar.

-¿En qué cree usted?

-En los hombres ilustres, en los grandes individuos. Mi ideal es el bien, pero no el bien de los judíos, sino el bien de los helenos, el bien de Prometeo: desafiar los poderosos, y llevar el fuego a los hombres. Prometeo era un rebelde, un amigo del hombre. Cristo era el súbdito de una historieta.

Hubo un instante de silencio. Giuseppe asintió con la cabeza.

-Por cierto- irrumpió Alfieri. -Hablando de Prometeo, ¿qué impresión te causa Esquilo? ¿Has leído a Esquilo?

Giuseppe se sonrojo de vergüenza.

-No sé leer- profirió cabizbajo.

-Pues mañana al terminar tus labores alcanzaremos el tiempo perdido. Cuando domines el alfabeto tendrás todo el acceso a la biblioteca. Solo una condición. Si de aquí te llevas un libro, no lo prestes ni al más cercano de tus prójimos.

Giuseppe le atisbo asombrado.

-¿Va a ensenarme a leer?

-Por supuesto, es decir, si quieres aprender.

-Por nada rehusaría- dijo sonriente.

Eran las tres de la tarde cuando Giuseppe emprendió su regreso a casa. El présbite Alfieri era una aleación de la magnanimidad de Valjean y el heroísmo de Marius.







El nuevo trabajo proporcionaba a Giuseppe un salario superior al de su padre y al de su hermano, mientras obraba menos y en mejores condiciones. El casual golpe de suerte aminoro la ardua situación de su hogar. No obstante, lo más ponderable era la oportunidad de conocer las letras, de disponer de aquella plétora de volúmenes, tan solemnes, tan magnánimos a sus ojos. En pocas semanas aprendió a leer y a escribir. Durante los dormidos atardeceres de estío, terminados sus quehaceres, Alfieri le impartía lecciones que acrecentaban su pábulo de inquietudes mediante recomendaciones sinceras. Desde aquellos días en adelante, después de terminar sus prusianos deberes, Giuseppe adopto una nueva costumbre, casi kantiana, de subir a la biblioteca y devorar libros completos, página por página y letra por letra. Comenzó con los poemas homéricos, luego con Hesiodo, después con los trágicos Esquilo y Sófocles, hasta reír con las jocosidades de Aristófanes. Leyó la Eneida toda entera, sus aventuras en los mares, idilios infructuosos, profecías divinas, las lides con los rútulos, la fundación de Lavinium. Consulto abatido la tediosa narrativa de Dante, que convaleció con el jovial pesimismo de Cándido, escoltado por las innumerables tragedias de Shakespeare y las comedias de Moliere. Sufrió una abrupta decepción con Goethe, compensada con las largas epopeyas de Víctor Hugo y Dostoievski, a quienes meses después declaro sus más ínclitos encuentros.

Su obra predilecta llego a ser Los Miserables, el magnum opus de Víctor Hugo, que Giuseppe no consideraba un libro, sino un patrimonio del ingenio humano. Aunque asaz luenga, narraba las arduas vicisitudes de personajes que reflejaban los diversos matices de la naturaleza humana, entre estos la sevicia, el perdón, la probidad, el amor, el coraje, en una época en que Francia había sido despojada de su vástago más ilustre tras haber hecho trepidar los tronos de toda Europa. Giuseppe advirtió los análogos sentimientos de Alfieri con aquellos de Valjean y de Marius. Fueron para éste una tutela de inspiración. Se hizo además, un gran devoto de Plauto, de sus hilarantes confusiones de personajes que culminaban con las risibles desventuras de los ricos.

Comenzó a leer incontables textos históricos, especialmente los de su patria. Fue la historia aquella disciplina que lo enlució como a un profeta. Llego a conocer el fastuoso pasado de su patria, un pasado insuperable en gloria e ingenio, que se remontaba a dos milenios de existencia. Sintió por primera vez ese orgullo Garibaldino, y para siempre descarto la idea imbuida de que Italia era una nación de campesinos ignorantes bajo el yugo de terratenientes despóticos. Comprendió el aplomo y el legado de la antigua Roma, los opúsculos renacentistas que enmudecieron con sus beldades a los más estrictos criterios, el resurgimiento que unió a Italia desde el Piamonte hasta Sicilia. Le fascinaba más el Renacimiento. Imaginaba a Miguel Ángel esculpiendo del rustico mármol los milagros de David, La Piedad, y Moisés. Con análogo estupor, cavilaba lo mismo sobre Giambologna y Bernini.

Alfieri le impartió además amplias lecciones de geografía y matemáticas. El estudio que más le fascinaba era el de filosofar. Amor a la sabiduría: eminencias en búsqueda de la verdad. Así definía Alfieri aquella empresa reservada a una ínfima minoría, no a nobles epicúreos ni terratenientes ambiciosos, sino hombres que tras décadas rumiando en la soledad, creían haber encontrado el arche para los enigmas del mundo.

-La belleza de la filosofía, está en el hecho de que todos los filósofos han expresado la verdad, y que todos han errado a la vez- dijo Alfieri. Giuseppe se mostró confuso.

-No comprendo, ¿Es posible tener la razón y errar a la vez?

Alfieri sonrió misteriosamente.

-Abarca la filosofía, y serás el más libre de los hombres- dijo.

En poco más de un ano, Giuseppe había adquirido una vasta erudición filosófica. Acumulaba datos a diario, leía y escribía, comprendía unas veces, otras nada comprendía. Comenzó con la compilación de Diógenes Laercio, las vidas y doctrinas de los muchos pensadores antiguos. Filosofar dejo de ser una curiosidad ignota, y después de un fascinante itinerario que comenzó con Tales y culmino con Nietzsche, llego a comprender las palabras de Alfieri. Es cierto que la vida principio en el agua, pero es falso que todo alberga divinidades, es cierto que el mundo está en constante devenir, pero es falso que emergió del fuego, es cierto e idóneo que un filósofo gobierne un estado, pero falso que el mundo tangible es un reflejo de las ideas o las formas. Gran afinidad llego a tener por tres pensadores y sus ideas: le deslumbraban los fragmentos de Heráclito, el superhombre de Nietzsche, y la dialéctica de Marx.

Mientras más devoción sentía por los libros, mas solitario se tornaba. Ya a estas alturas, no le impresionaban tanto los viejos clásicos como en un tiempo lo hicieron, y muchos de los textos nuevos que leía, hogaño le parecían insulsos.

-El mejor escritor es aquel que escribe poco y dice mucho- acostumbraba a decir.

En una ocasión, Alfieri intento sorprenderle. -¿Si es así, que me dices de Los Hermanos Karamazov y Los Miserables?

-Muy sencillo, señor Alfieri- contesto. –Ambos escribían mucho y decían mucho.

A comienzos de 1911, Giuseppe comenzó a utilizar sus enriquecidas frases y erudición de polimata para conquistar idilios. Un taciturno mediodía de marzo, mientras se paseaba por la plaza, noto que a una muchacha se le cayeron unos libros de su sustento. Giuseppe se apresuró a ayudarla. La confluencia fue más deslumbrante que fortuita. Era Drusila, la bella Drusila, con sus bucles dorados y ubicua belleza.

-Permítame- dijo Giuseppe.

-Gracias- respondió la joven. -Por cierto ¿no eres Giuseppe, el hijo de Salvatore?

-El mismo. ¿Hacia dónde vas?

- A casa. Quería leer estos libros, pero son tan pesados.

-Por favor- dijo Giuseppe apañando los textos. –Os pudiera recomendar los mejores libros.

-No eres como esos tontos que se la pasan siguiéndome o enviándome cartas.

Giuseppe asintió con una expresiva sonrisa.

Caminaron desde la plaza hasta su hogar, donde Giuseppe, con una docena de volúmenes encima, estreno la delicadeza de abrirle la puerta a la joven. Drusila le invito a que pasara. Coloco los libros sobre la mesa y tomo asiento en un vetusto sillón de caoba. Conversaron durante una hora, pero mucho más dijeron sus miradas mutuas.

-No sabes cuánto te agradezco.

Hubo un silencio. Drusila bajo la vista.

-Perdona, pero mi padre está por llegar.

-Vendré esta noche a las nueve. Espérame en el balcón. Tendré una sorpresa para ti.

Su sonrisa consintió.

Aquella noche llevo Los Miserables, y conversaron larga y furtivamente en el balcón. Con el tiempo, las visitas se incrementaron, siempre que sus padres no lo supieran, y ambos se deleitaban con sus charlas cotidianas. De cuando en cuando, Giuseppe elogiaba veladamente la belleza de sus ojos verdes y sus cabellos de bucles. Hasta se aparecía en altas horas de la noche y colocaba rosas en el balcón de su alcoba. La invitaba a lugares, siempre le abría la puerta, le regalaba libros como Romeo y Julieta y Los Pesares del Joven Werther, que constituían insinuaciones indirectas. Una vez le pregunto cuánto pesaba y para corroborar, la cargo entre sus brazos. Drusila no hizo más que reír.

En uno de los muchos simposios, las palabras afluyeron al tema espiritual. Drusila era una ferviente católica, bautizada al nacer, y había hecho la primera comunión a la edad de los seis años. Desde su infancia, Giuseppe mostro apatia hacia la fe, más una década y cientos de libros bastaron para hacer el ateísmo su única deidad.

-No puedo creerte- dijo Drusila. -¿Por qué no crees en dios?

-Porque no existe, ni hay pruebas de su existencia.

-Te equivocas, dios es justo y os ama. Hablas así porque has perdido la fe.

-Precisamente, de ser dios tan piadoso, como se explican las desdichas del mundo.

-Dios dio al hombre el derecho de elegir entre el bien y el mal. Al Eva morder la manzana, desobedeció a Dios. Es el hombre quien eligió el mal en lugar del bien.

-Es decir, Dios destino al hombre al infortunio porque Eva mordió una manzana hace cinco milenios. ¿Dónde está el perdón?

-Tampoco tú puedes probar que dios no existe.

-Sí que puedo. Más aun, voy a demostrarlo. Si existe dios, le desafío a que me extermine.

-¡Giuseppe…..!

Tras unos segundos, permaneció tan risueño como Pompeyo al salir del templo.

-Dios parece estar de buenas. Le hare enojar.

Blasfemo las más abominables injurias al cielo, y todo permaneció incólume.

-¿Sabes por qué soy escéptico? Porque hemos esperado dos milenios por un falso mesías, hasta hartarme un día y decirle: vendrás mañana o renunciare a ti. Así se quebrantó mi fe.

Esa rareza emancipada, esa rebeldía innata, ese desprecio aliciente y byroniano, acarrearon a Drusila a enamorarse de nuestro héroe.

A comienzos de octubre, el tiempo se hizo templado. En una tardía noche otoñal, charlaban solos en el balcón. Drusila expreso descontento por el incipiente frio invernal. Giuseppe, sin decir palabra, coloco el brazo a su alrededor, y Drusila adoso la cabeza en su hombro. Sin mirarse, rieron con timidez. Luego se miraron a los ojos, y se besaron.

En las noches posteriores, Giuseppe frecuentaba el balcón donde le esperaba Drusila. En su deliberado atavismo, su padre nunca sospecho el romance furtivo de su hija. Noche tras noche, se veían en el balcón, y acicalaban el anochecer con idílicos trueques de susurros y ósculos.

Empero la apasionada intensidad de ambos, el amorío fue evanescente. El idilio tardo seis semanas en romperse, debido que Giuseppe ya no anhelaba una conquista, sino todo un imperio. Apolonia, Dionisia, Niccoleta, Camila, Giacomina, entre otras muchas, se unieron a su hegemonía de idilios, en diversos turnos, ocasiones, y veladas. Todas, al igual que Drusila, fueron amores pasajeros.

Pese a la ruptura del noviazgo, como a la sencillez congénita en Drusila, ambos abogaron por las paces, permaneciendo al final como buenos amigos.

La rutina diaria de los Cardinale presenciaba cambios escasos. Salvatore continuaba en el taller de carpintería, Giovanni no tenía un empleo seguro, Giuseppe continuaba su labor en la mansión de Alfieri, leía con avidez y a diario, y bromeaba en su tiempo libre con Benedetto y Vittorio. El viejo Salvatore llegaba exhausto del taller, se aseaba, cenaba, y se sentaba meciéndose en el sillón, a fumar su pipa y blasfemar de los políticos. Era Crispi el blanco principal de sus críticas, y en referencia al desastre de Adua en Etiopia, acostumbraba a decir de este, “Se cree Napoleón. Fue destrozado por un tumulto de negros salvajes.” Otras veces inculcaba a sus herederos la idea de emigrar a Estados Unidos. “Tarde o temprano, tendrán que emigrar ustedes. Aquí no hay futuro, solo hambruna, inopia, y trabajo.” Al igual que su hermano, Giuseppe no descartaba la idea del todo, más llego a percatarse de lo arduo que sería abandonar la tierra que lo vio nacer, que lo vio reír y llorar, amar y plañir, la tierra que derramo sangre rebelde y vertió sudores bucólicos, la tierra que supero su intelecto, la tierra por la que sentía orgullo. En ella esperaba envejecer.











Los tiempos en que Crispi ejerció su autoridad de primer ministro fueron tiempos turbulentos, especialmente para las tierras del sur. Su sucesor fue un individuo mucho más idóneo para una era tan turbia y obscura. Giovanni Giolitti era este hombre, y pese haber sido primer ministro en 1892, su mandato más importante se extendió de 1900 a 1914, en lo que pasaría a la historia como la era de Giolitti. Este oriundo del Piamonte otorgo muchos beneficios a su pueblo antaño jamás sonados. Su política favoreció principalmente a la clase obrera urbana del norte. Entre sus logros, podemos mencionar que apoyo la regulación de las condiciones laborales de mujeres y menores, retorno a la clase obrera su derecho de sindicalizarse y protestar, ayudo a las uniones laborales otorgando a los obreros pensiones de retiro y pensiones para deshabilitados, incremento la intervención del gobierno en la economía, nacionalizo los ferrocarriles y los operadores de teléfono, reconoció los días festivos, incremento el sufragio universal de tres a ocho millones de votantes, y hasta brindo atención médica gratuita para combatir la malaria.

No obstante, Giolitti fue incapaz de poner fin a la corrupta política del transformismo. Su partido dependía de la influencia de diputados corruptos que utilizaban el soborno para representar los intereses de los terratenientes sureños. Debido a este oneroso obstáculo, las reformas solo beneficiaron a la clase obrera de la Italia septentrional, lo que estrecho más aun la brecha entre el norte y el sur, y las tierras meridionales se estancaron más aun en el yugo latifundista. De hecho, durante la era de Giolitti se desato la ola más grande de emigrantes sureños al extranjero, principalmente a Estados Unidos.

Mientras la situación empeoraba en Sicilia, Giovanni perdió su empleo, y durante meses permaneció cesante. Realizaba grandes esfuerzos por incorporarse de nuevo al trabajo, pero el desempleo en el sur ascendía a niveles exorbitantes. Una de la opciones que adoptaban los jóvenes de la época era la de alistarse al ejército. Giovanni tomo esta decisión.

A finales de septiembre de 1911, se desato una guerra entre Italia y el imperio otomano. En gran parte, esta confrontación tomo lugar en Libia, y se prolongó por más de un ano, hasta octubre de 1912. Ya se habían presenciado ambiciones imperialistas en la era de Depretis, y que culminaron en rotundos fracasos. Más en la era de Giolitti, Italia emergió victoriosa, anexando Libia y el archipiélago del Dodecaneso. Al caer Roma frente a los barbaros, Italia permaneció hibernada durante quince siglos de desunión e invasiones, y por vez primera en más de un milenio, Italia despertaba anhelando revivir su pasado con las conquistas de su irredentismo naciente.

Salvatore monto en cólera al saber la decisión de su hijo mayor. “Esos malditos turcos, llevan quinientos años jodiendo”. Le rogo que no se alistara, que su hijo no había nacido para morir en una guerra para enriquecer aún más a los ya enriquecidos. Todo resulto en vano. A comienzos de octubre de 1911, Giovanni fue enviado al campo de batalla en los desiertos de la Libia, no sin antes prometerles a su padre y a su hermano que retornaría vivo de la guerra. También prometió escribirles.

Aquel otoño de incertidumbre fue como una expectación aprensiva, que parecía anunciar un porvenir de miserias.

-Giuseppe- le decía su padre. –Soy un anciano, pero tú comienzas a vivir. Tu futuro, hijo mío, está en América, donde han ido miles de los nuestros. Por desgracia aquí no hay más que miserias.

-¿América? Pero padre, ni siquiera hablo inglés.

-Lo aprenderás, otros lo han hecho. Por cierto, deberías comenzar a estudiar inglés. ¿Acaso no has dicho que Alfieri tiene todos los libros del mundo?

Giuseppe no descarto la idea, aunque no le agradaba del todo, no por rechazo a América, sino porque le inquietaba la incertidumbre de adaptarse a un mundo tan ignoto como el de Estados Unidos, y la posibilidad de perder para siempre a su familia.

Justo como esperaba, Alfieri disponía de varios libros de instrucción en lengua inglesa, así como algunos diccionarios. Giuseppe comenzó a estudiarlo y compartió con Alfieri el criterio de su padre de emigrar al nuevo mundo.

-Tu padre desea lo mejor para ti. Eres inteligente, estas instruido, conoces el trabajo, y dominaras el inglés. Encontraras empleo en América, y serás docente en una universidad de prestigio.

Le deleito la idea de la docencia, idea que pondero un millar de veces.

- América es una augusta nación, una ejemplar democracia con derechos ecuánimes para todos. Allí os aguarda un gran porvenir, tendrás éxito y un día, en diez años o menos, retornaras a Sicilia. Aquí esperaremos por ti.

Giuseppe sustituyo las humanidades a las que debía su erudición para estudiar una lengua bárbara, algo enriquecida por asimilar vocablos latinos y franceses. Estudiaba alrededor de hora y media en la biblioteca de Alfieri, donde pronto reparo en la penuria de aquel dialecto, lleno de plagios extranjeros, carente de leyes gramaticales, exiguo de expresiones, hasta falto de toda lógica. Por ejemplo, comprendía que la doble o se pronunciaba como la u, como era el caso de food (comida), o mood (humor). Sin embargo, la palabra flood (inundación) se pronunciaba con la o y no con la u. La letra i, así como la y, a veces sonaban como i y otras veces como ai. Todo parecía disparatado, al azar, erróneo, sin fundamento, mas persevero acumulando conocimientos de aquella jerga rudimentaria.

A comienzos de diciembre, Giuseppe y su padre recibieron la primera carta de Giovanni desde el campo de batalla. Escueta, pero longánima y sentimental, así decía:

Querido padre y hermano,

Me alegra poder escribirles. No saben cuánto les extraño. He tomado bien el entrenamiento, aunque los combates son escasos y no tan cruentos como esperaba. Lo peor es el clima. Esta Libia es tórrida e inhóspita, pero los beduinos son hospitalarios con nuestras huestes. Lo más fascinante han sido los dirigibles. ¡Qué arma! Tienen forma de sandía, y flotan a grandes alturas, desde las que se han realizado misiones de reconocimiento y hasta ataques aéreos. Me enorgullece que seamos los primeros en utilizar un arma tan poderosa como la aviación, pues será el futuro de las potencias. Los quiero, y no olviden darle un cálido abrazo a Vittorio y a Benedetto. Por lo demás, les ruego que no se preocupen. Me encuentro bien y espero que pronto termine la guerra.

Giovanni Cardinale.

Padre y hermano derramaron lágrimas de alegría.

-Pronto regresara- dijo Salvatore.

-Pronto- dijo Giuseppe.

Esa misma tarde, Giuseppe leyó la carta a sus amigos, y charlaron largo rato sobre los dirigibles voladores. Luego hablaron del nuevo mundo, especialmente Benedetto, quien tenía un primo en Nueva York desde hacía años, de quien había recibido muchas cartas.

-¿Cómo es Nueva York?- pregunto Vittorio.

-La metrópoli más grande que se haya erigido jamás. Hay rascacielos por doquier, muy altos, y hasta tienen ascensores. Mi primo reside en una calle llamada Mulberry, donde hay muchos italianos.

- ¿Qué es un ascensor?- pregunto Vittorio.

-Son esas cosas para transportar gente de un piso a otro y evitar las escaleras. Fue el ingenio de un tal Otis, Elisha Otis- contesto Giuseppe.

-¿Y que más dice?- pregunto Vittorio.

Benedetto aclaro la garganta.

-Reside en un apartamento con varios inquilinos. Es incómodo y hay que apiñarse en el suelo para dormir. Por esa calle, Mulberry, circula mucho el comercio, abundan negocios por doquier, puestos de frutas, barberías, restaurantes, gentes pululando por las calles atestadas de calesas y automóviles.

-¿Cómo son los estadounidenses?- pregunto Giuseppe.

-Pues no sé. No ha escrito sobre eso. Nos contó por cierto, que lo peor era la travesía en un barco de vapor atestado e incómodo, la cual tardaba tres semanas. Arriban a una pequeña isla, Ellis Island, apodada la isla de las lágrimas, desde donde se aprecia la estatua de la libertad, y los enhiestos rascacielos. Te hacen exámenes médicos, y de padecer alguna enfermedad, te envían a un hospital durante semanas, hasta convalecer. A otros, los más desgraciados, les envían de regreso a Italia.

Hubo un silencio intranquilo.

-Pienso que a la larga tendremos que emigrar todos- dijo Benedetto.

-Es cierto- dijo Vittorio.- Aquí no tenemos futuro ni esperanza, mientras que en América trabajaremos, nos pagaran, ahorraremos, y quien sabe si un día regresemos a Sicilia con los medios para comprar una casa y un terreno.

-Pues allá nos veremos entonces- dijo Giuseppe.

Los tres conversaron y rieron hasta el crepúsculo.

A comienzos de 1912, con el efluvio de un nuevo siglo que acarreaba implícita una nueva era, Alfieri empleo vastos capitales en las eclosiones tecnológicas del siglo anterior. Eran las invenciones más sofisticadas de la época. A su hogar arribaron como áulicos tesoros un automóvil, un gramófono, y más tarde, un teléfono. Mucho estupor causaron en nuestro héroe.

-Tarde o temprano las misivas pasaran a la historia- dijo Alfieri.

Le mostro con orgullo la función del teléfono. Giuseppe escucho con atención, a la vez ojeando aquel artilugio que hubiese confundido con una pieza de ajedrez.

-¿Cómo funciona?- pregunto.

-Muy sencillo. Tomas el teléfono, colocas el recibidor en tu oído, y hablas a través del transmisor. La senectud comienza a asediarme en flagrante abandono de mis fuerzas. Con estos años, es nulo mi deseo de hacer visitas. Con este erario de la ciencia, las cartas prolongadas y los viajes de calesas se irán a la obsolescencia, y algún día, al olvido. De ahora en adelante, podre comunicarme con amistades, familiares, mi hijo Ennio, todo sin poner un pie fuera del hogar.

Para satisfacer la curiosidad del discípulo, Alfieri realizo una llamada al hogar de un viejo amigo. Se trataba del señor Piaggi, un erudito historiador y encarecido rival de ajedrez, quien frustraba las veladas de su amigo con proezas napoleónicas sobre el tablero. Conversaron unos instantes y acordaron un encuentro la semana siguiente. Giuseppe percibía el ingenio del teléfono como algo mágico, como apanado de un cuento de hadas. No está de más decir que en la época de nuestra historia, el teléfono era una prebenda material destinada a los sectores privilegiados de la sociedad.

De los tres, fue el gramófono el favorito de Giuseppe. Alfieri compro toda una colección de clásicos musicales, desde Monteverdi hasta los más ilustres de la época.

-Observa Giuseppe. Colocas el disco aquí, y pones la aguja encima.

Alfieri realizo el proceso, y tras un efluvio de melodías, Giuseppe retrocedió amilanado por la acústica sin violines, sin clavecines, sin pianos ni órganos, sin músicos presentes.

La música, al igual que el teléfono, era una suntuosidad aristocrática. Giuseppe le rogo que anhelaba escuchar a los bardos del barroco y los muchos otros de la era clásica. Alfieri, con su usual e innata sencillez, accedió a complacerle.


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